Pastoral americana de Philip Roth

«La hija que le llevaba fuera de la ansiada pastoral americana para conducirle a cuanto era su antítesis y su enemigo, a la furia, a la violencia y la desesperación de lo contrario a la pastoral, a la fiera americana indígena»

Me imagino a Philip Roth (1933-2018), encontrándose con «el sueco», el personaje de su obra, seguramente mirándole de soslayo y designándole como protagonista de la nueva gran novela americana, contento con su creación y expectante por todo por lo que le va a hacer pasar en esta historia. Porque esto es lo que una generación de escritores norteamericanos parecía buscar con ansiedad, escribir esa gran novela americana, esa historia que consiguiera explicar un país, una época, los traumas, las contradicciones, las costuras de Estados Unidos, del Imperio.

Y tiene motivos Roth para pensar que sí, que le ha salido una gran novela americana. Para muchos, él es el mas grande de su generación y esta obra es uno de los mejores exponentes de la crónica de esa época. Puede estar orgulloso, sin duda, Roth construye una catedral literaria, a ratos compleja y exigente, para un lector medio, pero también grandiosa. Así son las catedrales pero si entras y te dejas empapar por la propuesta, saldrás imbuido, en este caso, por el espíritu de un tiempo convulso y de la contradicción y complejidad humana, tan americana, tan universal.

Publicarán biografía del escritor Philip Roth contada por Blake Bailey -  Música y Libros - Cultura - ELTIEMPO.COM

Philiph Roth se convierte aquí, como en casi toda su obra, en el cronista de una época, pero sobre una base metaliteraria. Ante todo es un artista, un escritor y de los grandes, que pretende llegar a esas realidades íntimas y profundas que no se ven a simple vista pero cuya suma, conforma el carácter de una sociedad en su conjunto.

La obra tiene la audacia de ser una novela dentro de una novela. Durante sus primeras cien páginas, vemos a un escritor que se reencuentra con su pasado y con un personaje del mismo, del que apenas sabe un par de rasgos de su vida, pero sobre el que elabora, en las cuatrocientas páginas siguientes, una historia. Roth inventa sobre la invención y sitúa como verosímil esa introducción y como irreal la historia central, aún cuando ambas son pura ficción, pero también pura verdad.

¿Por qué lo hace? Mi opinión, es que Roth flirtea con la idea de explicar esos convulsos años 60 de su país, pero él no es un ensayista, sino un literato, con trazas de cronista. Que un personaje ficticio decida narrar la vida de otro personajes ficticio, le permite pasar acta de unos hechos, para a la vez poder bajarse del tren cuando haya que explicar algunas de las cosas que han sucedido en la trama. El hecho de que Roth externalice a su protagonista, el sueco, le permite elucubrar sobre una vida, pero le exime de dar una razón última de lo sucedido, distanciándose del protagonista, con un narrador interpuesto.

Una pirueta que una vez asumida, enriquece y nos permite ahondar a través de espacios en blanco, elipsis, saltos temporales y fragmentaciones, que piden la ayuda de un tercer relato, en este caso el del lector, que se pregunta junto al protagonista el por qué de lo ocurrido, a través de esos huecos que el libro nos permite vislumbrar.

¿Y qué es lo que ha ocurrido? La trama nos cuenta la peripecia vital de «el sueco». Un modélico ciudadano americano, honrado, formal, casado con una miss, atractivo, deportista, trabajador, responsable y padre de una hija a la que ha educado con abnegación y tolerancia. Pero su hija desaparece siendo aún menor de edad, y lo hace después de haber puesto una bomba en una tienda que ha matado a una persona, a un buen hombre, en protesta contra lo que su país está haciendo en Vietnam.

Roth, en vez de de encarar la historia directamente, fabula sobre un encuentro de un escritor con el protagonista, ya muy próximo a su fallecimiento. Sobre este pequeño contacto y la información concreta del hecho central por parte de su hermano, nos cuenta la vida de este hombre.

Ese señor con una vida perfecta, íntegra y decente, intenta buscar una explicación a lo sucedido. Un hombre dando palos de ciego sobre su existencia, sus valores, su pasado y buscando un por qué a un acto tan terrible como el cometido por su hija. Así el protagonista gira de forma casi obsesiva, sobre esos actos, en apariencia banales, pero que pudieron desencadenar  su deriva. Una búsqueda de explicaciones sobre el que el personaje vuelve una y otra vez, sin solución aparente y provocando su propia desazón y con ella la del lector.

Realmente el sueco es Estados Unidos, o más concretamente, ese sueño americano con esa forma de vida que todo el mundo admiraba e intentaba imitar, pero que en los 60, con la guerra de Vietnam, la corrupción de las élites y la violenta contestación de una parte de la juventud y nuevos movimientos sociales, muchos se rebelaron contra esa América a priori perfecta, que incrédula veía como parte de sus propios hijos se revolvían contra ella misma. Ese Estados Unidos, mimetizado en un padre incapaz de comprender por qué su hija ha hecho lo que ha hecho y asistiendo baldío al derrumbe de toda una vida, construida sobre la base de hacer siempre lo que se espera de él.

Y es sobre un hecho concreto y sobre un hombre concreto, a través de una visión de microscopio, desde donde Roth pretende contar un todo mayor, en el que aparece un mundo inesperado donde ser bueno, hacer siempre lo correcto y tratar al resto con tolerancia, no siempre implica una recompensa. Tu vida no necesariamente va a ser perfecta, de repente un hecho inesperado puede romper el sentido de tu existencia.

Creo que estamos ante una obra central de un autor clave de la literatura contemporánea. Roth es ese escritor reverenciado y multipremiado (de hecho esta obra obtuvo el Premio Pulitzer) que antes de fallecer ocupaba ese lugar de favorito, que hoy tiene Murakami, en las casas de apuestas, los días previos a la concesión del premio Nobel. Roth no lo ganó, y Murakami de momento tampoco.

Disfrutad de la robustez, del realismo sucio, de los matices, de su mirada microscópica encaminada a descubrir las grandes cuestiones, de su audacia y de su apuesta por contar una verdad. Todo esto eso sí, a través de un vehículo primorosamente literario, que nos muestra como ningún otro el imperceptible paso de la luz a las sombras.

«Contra la España vacía» de Sergio del Molino

No voy a resultar demasiado original al decir que mi descubrimiento de Sergio del Molino proviene de la relevancia arrolladora que adquirió en 2016 con su libro La España vacía.

El libro de del Molino no solo es una obra importante, que nos embarca en un viaje sentimental y también riguroso de una España casi invisible, que al mismo tiempo ocupa la mayoría del territorio. El autor tuvo el acierto de ser la chispa necesaria para terminar de colocar en el centro del debate, una realidad existente a la que le faltaba la trascendencia y el sustrato de un buen armazón intelectual, que fue lo que logró con esta obra literaria, ensayo o cuaderno de viajes, ese todo en uno que es este libro.

Pero no solo eso, además consiguió algo casi único apenas al alcance de artistas trascendentes o publicistas oportunistas. El título de la obra, se convirtió en el elemento definitorio y vertebrador de un debate. Lo que hasta ahora había sido conocido con el genérico de la España rural, en referencia a esos cuatro gatos que viven en Teruel o Soria, nombrados a veces también con la asepsia científica del término despoblamiento, ahora quedaba definido bajo el concepto de España vacía, que demasiado pronto degeneró en vaciada, lo que acaba con un término que pretende glosar una situación, para sustituirlo por uno de aire más determinista y por tanto dramático, aunque también más inexacto.

Así, del Molino entronca gracias a este título con gente como Alfred Hitchcock y su película Rebeca, cuyo título y protagonista también sirvieron para describir una prenda, o con Maquiavelo por maquiavélico. Aunque si somos rigurosos, también podría conectar con publicistas como los de Turrones El Almendro, que han conseguido que se defina a alguien que retorna a su casa, con el nombre de esta marca turrón-árbol. 

A partir de ahí, pude ver claro que del Molino era una voz nueva y refrescante que sabía elegir mejor que nadie unas palabras para contar, entremezclado con un fuerte poso personal, lo que fuimos, lo que somos y a dónde vamos….los españoles.

No sé si al rebufo de su éxito, posteriormente se embarcó en un libro que, ávido tras la lectura del anterior, me lancé a por él nada más salir al mercado. Lugares fuera de sitio 2018, que con remedos de la fórmula del anterior, acometía cuestiones tangenciales al mismo, con el análisis de geografías singulares. Pero en mi opinión lo hizo sin el vigor y la categoría del primero, primando la anécdota sobre la profundidad. En esta obra, para mí casi todo fue cuestión de soporte, como libro no me terminaba de funcionar, pero si hubiera sido un reportaje por entregas de El País Semanal, lo estaría poniendo por las nubes como un ejemplo de estimulante ejercicio periodístico. Ya ven lo poco fiable que soy.

En cualquier caso, del Molino estaba ya perdonado de antemano, entre ambos, me adentré en el único libro que gustándome no he concluido. Suelo acabar casi todo lo que empiezo, pero ya últimamente y cada vez más, si en la página 50 veo que el libro se me hace bola, lo abandono. Solo recuerdo una excepción a esta regla, La mirada violeta, 2013. Me estaba emocionando lo que leía, pero quizás una mal llevada sensibilidad como padre, me hizo incapaz de continuarlo. Pero ya os digo, si algún día me encuentro con D. Sergio, le diré que lo que leí fue soberbio y le prometeré que algún día lo terminaré.

Posteriormente llegó La piel 2020, que para mí, supuso una especie de parque de atracciones literario. Las reflexiones, la empatía ante una enfermedad que estigmatiza (hacia dentro y hacia fuera), el ritmo, las interesantes digresiones y fabulaciones sobre personajes históricos y las carcajadas que me pegué en su lectura, convierten esta obra en una de esas que te hacen esbozar una sonrisa con su recuerdo y ser vehemente en su recomendación.

Pero volvamos al objeto de este artículo, que es su último libro, Contra la España vacía, que si bien en su título podría representarse como un reverso provocador y autoinculpatorio de La España vacía, tiene una evidente entidad propia. Creo que de inicio, del Molino juega al despiste o por lo menos a mí me despista y así al conocer el título de su nueva obra no pude evitar una sacudida de escepticismo. Enseguida pensé que quizás un del Molino falto de ideas, estaba intentando estirar el chicle de su mayor éxito al rebufo de una actualidad política que en los últimos años le ha otorgado peso a una cuestión que él mismo ayudó a realzar.

Tal es así, que coloqué esta obra en mi apartado personal de ya lo leeré cuando esté disponible en la biblioteca. Una categoría que me autoimplanté hace unos 10 años ante la acuciante falta de espacio que se cernía sobre mis estanterías de libros, de ahí que decidiese que ya solo compraría obras que tuviese previamente muy contrastadas y con presunción muy acreditada sobre su indudable interés. Eso sí, primaría algo más los ensayos, siempre más dados a volver sobre ellos y a ser objeto de subrayado y anotación. Por otra parte, esas obras que me suscitaran algunas dudas, pero que aún así tuviera cierto interés en leer, aunque sin esperar grandes cosas, pasarían a ser libros de biblioteca, que consumiría gratuitamente (lo cual aplacaría algo una eventual decepción de su lectura) y además no ocuparían espacio en mis estanterías, porque puestos a seleccionar, no dejaban de ser lecturas algo más secundarias.

En esta personal clasificación, Contra la España vacía, quedó ubicada en el apartado de libros de biblioteca, presumiendo que iba a ser un remedo de La España vacía y que si lo leía era por el respeto e interés literario e intelectual que me suscita Sergio del Molino, que además deambula por una forma de articular su mirada literaria y su estilo, con la que empatizo. Pues bien, tras leer el libro, puedo decir que me equivoqué en mi apreciación, esto no es un libro de biblioteca, sino de comprar, subrayar, volver sobre él y tener siempre a mano y bien visible en mi estantería más cercana.

Mi error empezó a ser destapado nada más empezar su lectura, con una introducción potente y vigorosa, que me sacaba de mis prejuicios sobre la obra y me hacía vislumbrar un apasionante ensayo que es lo que pude confirmar a continuación.

Se trata de un viaje que cubre etapas acudiendo al presente más rabioso, transitando por la situación política actual, la pandemia, medios de comunicación y libros recientes. Pero también confrontado con el pasado donde grandes filósofos e intelectuales, alternan con nuestra guerra civil y los pretéritos orígenes neandertales. Todo esto entrelazado con ese sello de identidad en forma de crónica personal que tizna todos sus escritos, dirigiendo muchas de sus cuestiones sobre sí mismo, como si de un boomerang se tratase y que intercala con el necesario, o no, papel de la cultura en nuestros días y sobre su valor, o no, para afrontar las grandes cuestiones.

En resumen, nos encontramos ante un robusto y estimulante ensayo de gran profundidad, pero al mismo tiempo, escrito con una claridad, amenidad y ritmo tales, que colocan a del Molino entre los grandes de la literatura (y algo más) contemporánea patria.

Quizás lo que más aprecie, es que del Molino convence porque parece accesible y es alguien con el que te puedes llegar a identificar. Lejos de los púlpitos de papel en los que algunos intelectuales de estilo farragoso pretenden sentenciar sin dejar margen alguno para el debate con el lector, mero objeto de transmisión de una verdad absoluta e indiscutible, del Molino se expone, baja a la arena, duda, y es capaz de admitir contradicciones y problemas y reconocer que quizás no haya verdades absolutas.

Sergio del Molino (@sergiodelmolino) / Twitter

Un ensayo excelente, abierto, vigoroso, que se independiza de La España vacía e incluso vuela más alto que esta, en esa tradición del intelectual comprometido con su tiempo y lugar, pero riguroso, sin buscar el absolutismo de sus ideas ni la infalibilidad del discurso, capaz de afrontar desde la normalidad cotidiana las grandes cuestiones, huyendo del dogmatismo y no tomándose muy en serio.

Sergio del Molino nos muestra nuestras miserias y nuestras grandezas con una mirada final optimista sobre lo que fuimos, somos o seremos los españoles. Un tipo sin aparentes ataduras ideológicas y bastante desprejuiciado, capaz de reconocer que la ciudad en la que vive no es la más bonita del mundo (pecado mortal en este país), que alguno de los actos en los que ha participado sobre la cuestión son de una vacuidad absoluta o que ha tomado alguna decisión vital que no puede razonar del todo bien.

Un autor con el que nos identificamos y cuyo calor literario nos acoge y nos hace sentirnos como en casa. Esa casa rara, compleja y llena de habitaciones eclécticamente decoradas, donde confluyen cuñados de VOX con primos independentistas y sobrinos podemitas, en la que todos discuten con todos sobre todo y donde ni siquiera las reglas del juego parecen ser generalmente aceptadas. Señoras y señores, con ustedes… España.

Posdata: Que no se me olvide. Una vez devuelva el libro a la biblioteca, tengo que ir a comprarlo.

El Gatopardo de Giuseppe Tomasi de Lampedusa .

Parece imposible no evocar durante la lectura de esa magna novela que es “El Gatopardo”, la figura de su autor, Giuseppe Tomasi di Lampedusa. Un remedo contemplativo y retrospectivo del protagonista de su obra, el príncipe Salina en el que se proyecta en el pasado, como un alegato vital de quien ha pasado por este mundo inoculado de indescifrables códigos sicilianos, por una herencia de sangre y tradición inaprensible para el resto y que tras años de lecturas, reflexiones, trabajo intelectual contemplativo y charlas con sus íntimos, solo ya al final de su vida, se sintió capaz de plasmar.

Morir por alguien o por algo no tiene nada de extraño, pero hay que saber, o estar seguro al menos, de que alguien sabe por quién o por qué se ha muerto.

Porque ahí radica la esencia de su novela, en describir lo inaprensible, a través de mundos en descomposición que ya no existen y fuerzas ocultas y atávicas que siguen moviendo los hilos del tiempo, sin saber muy bien como. Desde la aceptación de la tradición, de la estirpe y vislumbrando a la vez un nuevo mundo que desplazará todo, sobre el que el autor reflexiona y hace una extensa evocación en nombre de sus antepasados. Me lo imagino, reflexionando sobre el alma de la herencia familiar, mientras paseaba cada mañana camino de la Pasticceria del Massimo tras su deambular por el centro de Palermo, ese personaje inmutable y esquivo a la vez, testigo y protagonista, de todo lo que sucede.

Puede que determinado soberano no esté a la altura de la idea monárquica, pero esta, sin embargo, permanece inalterada, es independiente de las personas.

Pero no es posible que los reyes, que encarnan una idea, deciendan durante generaciones por debajo de cierto nivel, sino, también la idea se deteriora

Y es que al igual que el Príncipe Salina no asiste a los estertores del peso familiar, Giussepe Tomasi de Lampedusa, tampoco podrá ver el resultado de esa vida dedicada a la lectura y a la evocación. No disfrutará de la publicación de su tardío manuscrito y menos aún de su inmortal gloria póstuma. En esto se diferencian él y su personaje. El autor posiblemente ni buscara un lugar de privilegio en las letras universales ni pensase que su obra, a contracorriente de las tendencias de la época, pudiera ser no sólo publicada, sino casi de inmediato reverenciada. En cambio, el personaje protagonista de su novela, no necesita estar en la parte final de la misma, pues todo lo sabe con antelación y es consciente de que el desmoronamiento de su mundo caerá sobre sus herederos, tan inexorablemente como el tiempo.

Si el Príncipe había hallado al pueblo igual que siempre, este en cambio lo halló a él muy cambiado, porque hasta entonces jamás le habían oído palabras tan corteses, y en aquel momento, comenzó a declinar su prestigio

Una lectura más prosaica, nos acercaría a ese grupo de escritores casi anónimos en vida, mártires solitarios de la escritura y que solo tras su muerte reciben un aliento de reconocimiento que ya no podrán sentir. Esto no deja de ser muy literario y es un elemento lo suficientemente estimulante como para que el lector intente percibir no solo el oficio del narrador, sino su alma sobrevolando unas páginas que son todo un legado de vida. Esto ya nunca lo sabrá John Kennedy Toole, ni Steg Larsson, ni Kafka, ni Pessoa, que se convirtieron en fenómenos literarios póstumos, nunca sabremos si ayudados por sus decesos o por la mezcla de vida y obra. A diferencia de los anteriores, a Lampedusa sí le había llegado su hora y la descripción de un mundo que ya no existe y de legado del paso del tiempo, solo puede transmitirlo alguien que ya ha vivido todo lo que se puede vivir, no solo su vida, sino la de los que le antecedieron, como el Gatopardo, Lampedusa ya agonizaba al terminar la obra.

Es este un libro que afronta una empresa imposible y de ahí lo extraordinario. No tengo duda de que dentro de doscientos años se seguirá hablando de él, porque es capaz de transitar desde el espectro más localista posible, como es la Sicilia ahí descrita, hacia esos instantes inaprensibles, donde muta una sociedad y en los que aunque todo parezca igual, en el fondo hay una percepción de que ya todo se dirige en otra dirección de forma imparable, aunque todo parezca quieto alrededor.

En Sicilia no importa obrar mal o bien: el pecado que los sicilianos jamas perdonaremos es sencillamente el de «obrar».

Un libro ya eterno, porque desde la concreción de la crónica de un tiempo, lanza conceptos universales e inmortales sobre el poder, la sociedad y el ser humano. Mucho antes Maquiavelo hablaba de otro Príncipe y de ese manual surgió el concepto maquiavélico. Lo mismo con El Gatopardo, al que la ciencia política ha acuñado la categoría de lampedusiano como ese término que define el cambio desde el inmovilismo y que es el enunciado que marca la seña de identidad de la obra.

El sueño es lo que más desean los sicilianos y siempre odiarán al que pretenda despertarlos, aunque sea para traerles mejores regalos.

Hablando de la obra, esta se divide en 8 episodios que gozan de cierta autonomía entre ellos y que marcan fogonazos y situaciones claves del devenir de la vida del Príncipe de Salina. Módulos hasta cierto punto independientes, con un aparente inicio y final, pero que constatan el transcurrir de una trama de la que el espectador se va nutriendo con estas píldoras. Todos son excepcionales, mantienen un alto nivel literario y estético y un robusto mensaje trascendente, pero no exento de ritmo.

La obra en su conjunto, representa el retrato del fin de una era, en el ámbito geográfico de esa Sicilia inmutable, que en cierta forma podría trasladarse al sur de Europa, dentro del contexto histórico del desembarco de Garibaldi en la zona, en lo que constituye una revolución, que esta zona acoge silenciosa.

Un retrato de una época, no exento de tramas personales bien entrelazadas y perfectamente evolucionadas, que evocan ambientes y se complementan con magistrales fragmentos que parecen auténticos ensayos dirigidos a explicar la naturaleza de los hombres y del territorio físico y sentimental que habitan. Sobrevolando todo esto, el Príncipe, que se erige como único conocedor real de lo que sucede, descontento con su pasado, escéptico con el futuro, sabe que todo esfuerzo o resistencia es inutil.

Un relato que anuncia y anticipa los nuevos tiempos y que muestra una máxima sensibilidad al captar la esencia de lo implícito, de lo que no se ve pero se percibe, de esos matices que día a día transforman una sociedad, pero que no se atisban hasta pasado cierto tiempo. El protagonista los detecta, sabe lo que va a ocurrir, no yerra, tampoco se lamenta, quizás eso sí, siente cierta nostalgia e intenta amoldar el futuro de sus favoritos, para que transiten a esa nueva clase que tomará el relevo del poder de la aristocracia, cuyo poder material languidece y a la que solo le va quedando el embrujo de su brillo ancestral y de la costumbre vasallesca, mas que de una realidad que dentro de poco no será tangible.

Mucho se habla de el Príncipe de Salina, pero no tanto de su sobrino Tancredi, el contrapunto que destila a su vez el brillo y las sombras de lo que está por venir. Un personaje arrebatador, una especie de Juan de Austria frente a su Felipe II, que potencia todo su atractivo y seducción, que engarza como nadie la conexión entre los nuevos y los viejos tiempos, que marca una luz y un fin al mismo tiempo y que para sorpresa de lectores, es él y no el Gatopardo, quien declama la mítica sentencia, Si queremos que todo siga igual, es necesario que todo cambie.

Un sobrino, casi un hijo suyo, no debería casarse con la hija de quienes son sus enemigos…. Tratar de seducirla, como pensaba yo, era un acto de conquista, esto en cambio es una rendición incondicional.

Sin embargo, una lectura profunda del libro, más allá de esta máxima, desmiente su significado más obvio. Porque la inmutabilidad hará que las cosas permanezcan, pero solo aparentemente, el reloj del cambio ya está en movimiento. Que esta sentencia sea de Tancredi, la despoja de la infalibilidad que le hubiera dado si la hubiera hecho el Gatopardo, porque receptor este del mensaje, enseguida entiende que el cambio, a pesar de la aparente inmutabilidad siciliana, ya se ha puesto en marcha y nada podrá detenerlo. Las nuevas clases, la burguesía, el cambio de manos en la economía, … y aunque se seguirá otorgando cierto halo ancestral a los de su clase, al mismo tiempo, los arrinconarán al desván de los objetos valiosos pero inservibles, como una marca con prestigio, pero sin valor real. Un realidad que se nos muestra descarnada y fantasmagórica al final de la obra, ya en la madurez de sus hijas.

Más matizado es Visconti en su película a este respecto, que prefiere ahorrarnos ese precioso y emocionante pasaje que es el desenlace vital del Príncipe y sustituirlo por un lento deambular entre las brumas de la noche, dejando atrás los ecos de un magnífico baile, que apenas puede esconder la decadencia y la carcoma en la trastienda de sus salones y bajo la voluptuosidad de sus vestidos.

El fragor del mar cesó por completo.

Hasta ahí llegó el Gatopardo, hasta ahí llegó un mundo que ya no volverá a ser.

 

 

La madre del blues

Netflix ha estrenado «Ma Rainey’s Black Bottom», una película que nos describe un episodio concreto de un personaje real, Ma Rainey una pionera del blues, en el momento de grabación de un disco y las tensiones que se generan a su alrededor.

La película está basada en una obra teatral de August Wilson, autor llevado al cine hace poco por Denzel Washington que dirigió y protagonizó otra de sus obras, «Fences» y que aquí repite, esta vez en el rol de productor.

August Wilson: The Ground on Which I Stand |August Wilson biography and  timeline | American Masters | PBS

Dos reflexiones fundamentales sobre esta película. La primera es que estamos ante una adaptación de una obra teatral, lo cual no es malo, y cientos de películas tienen el armazón argumental de un drama para hacer cine. El problema aquí es que se nota demasiado que estamos más ante un teatro filmado, que ante una película en sí. A la limitación de escenarios, se une un tipo de realización, teatral en extremo, que pretende conmocionar por intensa pero que no lo hace por una falta de contexto, entorno y desarrollo de personajes. No me cabe duda de que esa intensidad y cercanía del actor puede funcionar sobre las tablas, pero lamentablemente en la gran pantalla no siempre es así y aquí lo que se transmite es falsa afectación.

Sin duda se nota que su director, George C.Wolfe, se encuentra más comodo haciendo teatro (donde ocupa una posición de cierto prestigio, con un par de premios Tony y varias nominaciones) que cine, donde sus trabajos como director siempre han sido episódicos y de resultados muy discretos.

Por otro lado, hay también un problema de expectativas. La presentación de la película te hace pensar en una historia ambiciosa sobre el papel de una mujer pionera del blues, con música, contexto histórico, racismo, etc. Pero no es así, la película consiste en una serie de personas encerradas en una habitación, con unos exagerados y casi siempre injustificados picos de carácter, que son lo que sustentan la trama.

Casi me interesa más saber lo que pasa fuera de esa habitación, lo que nos nos cuenta, que lo que vemos realmente, que no es más que una anecdótica y episódica historia mínima. Me gustaría oír la música que hacía esta señora y también me hubiera gustado ver desarrollada la vida de sus acompañantes, la de ella misma y sus conciertos y giras por esa norteamérica segregacionista.

Pero no, todo se ciñe a un monólogo existencial de un músico frente a otros que no le dan apenas réplica. Sus aspiraciones personales, un episodio racial concreto de su infancia y un inesperado, exagerado y fuera de contexto desenlace, es en lo que se acaba resumiendo todo.

Ma Rainey's Black Bottom' First Reactions: Boseman, Davis Shine | IndieWire

Como contrapunto a lo anterior, vemos a una diva excesiva, caprichosa y cruel que no despierta más que antipatía y que no sabemos porque es así. Apenas oímos su música y más alla de que cante, desconocemos todo de su vida (que en la realidad por lo que yo sé, fue muy interesante).

Por último, las interpretaciones han sido algo muy valorado en esta película. No comparto esta cuestión. Viola Davis está excesiva y enterrada en maquillaje. Sin duda es premeditado, pero esto no convierte automáticamente lo que hace en una gran actuación. Por otro lado está Chadwick Boseman, que es quien está más tiempo en pantalla y soporta el peso de la película. Él está bien y hace lo que puede, es el único que brilla algo, pero tampoco su interpretación es legendaria, aunque su fallecimiento, tan joven, posiblemente sobredimensione sus méritos en esta, su última película.

Ma Rainey's Black Bottom (2020) - IMDb

En resumen, una pequeña decepción, teatro televisivo que no se adapta bien a su medio. Intensidad artificial que intentan inocularnos a golpe de efecto y por mi parte, tras verla, ganas de que alguien nos cuente lo que nos hurta el film, la verdadera historia de Ma Rainey, una mujer muy interesante, cuya apasionante vida podría alimentar una buena película, no como esta.

All they want is my voice': the real story of 'Mother of the Blues' Ma  Rainey | Blues | The Guardian

Ava

Movistar acaba de estrenar una película que en circunstancias normales hubiera sido presentada en salas comerciales. Pero los tiempos actuales han propiciado el estreno directo en plataformas digitales, de cintas con un claro recorrido en cines.

La película nos muestra las peripecias de una mujer, Ava, que trabaja para una organización secreta como asesina. Un argumento como este, podría a muchos hacernos desistir de verla, ya que difícilmente se me ocurre un argumento más convencional y manido. Pero claro, hay un factor disruptivo que justifica que pueda interesarnos, su protagonista Jessica Chastain.

En mi opinión, Chastain es la actriz más talentosa que ha irrumpido en los últimos 10 años. Recuerdo el impacto que me produjo su interpretación en «El árbol de la vida» y en «Take Shelter«, ambas en 2011. A partir de ahí, verla actuar, siempre me ha resultado estimulante como espectador, ya que a su talento hay que añadir una excelente elección en sus proyecto que hacen que sus películas sean como mínimo interesantes, cuando no excelentes.

Si a esto le unimos un director, Tate Taylor, que realizó (también con Chastain) la estimable «Criadas y Señoras» (2011) y las intervenciones de actores de sólido prestigio como John Malkovich o Geena Davis, el reinventado en los últimos tiempos para bien Collin Farrell y esa evocadora presencia que descubrimos a finales de los ochenta que es Joan Chen, creo que podemos considerar que esta película quizás tenga un mayor interés del que parece.

Pero una vez vista, hay que decir que este es un claro ejemplo de que a veces es mejor dejar a un lado cierto bagaje cinéfilo y dejarse llevar por la primera impresión. La película no es lo que a priori parece, es aún peor.

Intentando ser positivos, ver siempre a Jessica Chastain es interesante y creo que aquí mantiene el tipo con dignidad. También es de agradecer que la película solo dure 96 minutos y…. no se me ocurre nada más positivo que decir.

El film es rutinario, intrascendente, no aporta nada y tiene algunas derivadas que rozan el absurdo. Películas de estas hay muchas, sin ir más lejos las de James Bond o Jason Bourne, cuyo ritmo, tensión y vigor visual hacen que sean espectáculos disfrutables. Pero no es el caso de «Ava». Las situaciones de tensión están desaprovechadas, y las de acción resultan algo ridículas. Estamos ante un producto de consumo muy básico, nada sofisticado, ramplón en lo técnico y bastante torpe en su realización, sustentado en un guión que parece escrito a brochazos. Una película que al poco de terminar de verla, ya la estás olvidando.

Malkovich, Farrell, Davis y Chen son espectros episódicos en una trama que no permite dotar de mucha dignidad ni presencia a sus personajes. Una deriva que pasa de la mediocridad inicial, a un monumental absurdo en los últimos treinta minutos donde toma mayor peso el entorno personal de la protagonista y que argumentalmente resulta aún peor que la propia trama criminal principal.

Una pena. Si llego a saberlo hubiera ocupado mi tiempo en hacer cosas más provechosas, como tumbarme en la cama a mirar el techo de mi habitación o ver videos de gatos en TikTok. Como consuelo, me quedo evocando esas películas e interpretaciones con las que Jessica Chastain me ha hecho disfrutar tanto estos últimos años.

The Prom

Netflix, en su habitual aluvión de grandes estrenos de final de año, nos presenta lo último del muy prolífico y mayormente televisivo Ryan Murphy. Aquí el creador nos ofrece un musical que nos cuenta la historia de como un elenco de actores de Broadway, acude al rescate de una chica en un pueblo de Indiana, que no puede acudir al baile de graduación porque es lesbiana y quiere ir con su novia.

Por un lado habría que hablar de Ryan Murphy. Uno de los más importantes creadores televisivos, al que si tuviera que etiquetar de alguna manera lo haría por su gusto por el exceso. En cualquier caso tiene series notables y hay que reconocer que no sería posible hablar de esta época dorada y de renacimiento de la ficción televisiva, sin reconocerle un lugar relavante en la misma.

Ryan Murphy Shares an Update on His Movie Adaptation of The Prom | Playbill

Por otro lado, podríamos hacer una reflexión en relación al musical contemporáneo y de como este género a priori, podría venirle bien a creadores tendentes a la grandilocuencia como Murphy. Sin duda el musical permite llevarnos a un mundo de reglas difusas donde todo cabe, los sentimientos se subliman, las licencias narrativas afloran a cada momento y hay que aceptar el juego de la deformación de la realidad.

Personalmente, siento simpatía por los musicales, un género predominante y que arrastraba masas de espectadores en el Hollywood clásico, pero que desde hace décadas (lo mismo valdría para el western) ha dejado de ser recurrente para convertirse en puntual en el cine actual. Aun así, en estos últimos años he disfrutado de películas muy diferentes y alejadas de la escuela clásica, que han aportado luz y vitalidad a un género que languidece. Unas veces desde la espontaneidad festiva como «Mamma Mia» (2008), otras desde el exceso y la reinvención estética y del revival musical como «Moulin Rouge» (2001), también desde la fuerza y la verdad de los intérpretes como en «Los miserables» (2012) o desde la brillantez y la emoción como «La La Land»(2016).

De ahí que el planteamiento de «The Prom» y la solvencia de sus intérpretes (dos de sus protagonistas, Meryl Streep y Nicole Kidman, lo son también de dos de las películas que he mencionado), me hacían atisbar la posibilidad de que iba a asistir a uno de estos contados ejemplos de renacimiento y dignificación del género.

Me equivoqué. Lejos de inspirarse en obras mayúsculas, Ryan Murphy ha mirado hacia si mismo, ha cogido «Glee», le ha dado un barniz de lujo, le ha añadido estrellas consagradas y ha ideado un artefacto que aunque se deja ver, acaba resultando empalagoso.

Ciertamente, como ya he dicho, en el musical deben admitirse licencias y exageraciones, pero en este caso las primeras son clichés muy primarios y las segundas te llevan por un camino tan evidente y de una forma tan gratuita y cargada de tópicos, que hasta en un contexto como el de este género resultan desmesuradas.

No hay capacidad alguna de sorpresa, no hay intensidad dramática en ninguna de sus situaciones, y los neones y el brillo sepultan cualquier atisbo de emoción en un espectador que en esencia, asiste a una plana comedia romántica con gente cantando y bailando.

Si nos ceñimos a los números musicales, reconozco que el nivel medio de las canciones es correcto, pero la coreografía en ningún momento resulta espectacular ni llega a impresionar. Llena de trampas, la cámara se mueve más que los actores (que tiempos esos en los que Fred Astaire o Gene Kelly bailaban en un solo plano durante minutos con la cámara quieta), a los que se les ve casi exclusivamente de cintura para arriba en los bailes y sin continuidad alguna con una excesiva sucesión de planos.

The Prom: El nuevo musical de Ryan Murphy para Netflix

Argumentalmente es endeble, llena de clichés y facilona. Hecha para un espectador que no quiera enfrentarse a dificultad ni adversidad emocional alguna. Todo es previsible, todo es plano y todos los protagonistas son como mínimo puros arquetipos, cuando no te preguntas directamente que pintan ahí, como en el caso de Nicole Kidman. Y como remate, el director necesita 132 minutos para contar esto, cuando a los 5 minutos ya podemos intuir paso por paso lo que va a acurrir y cómo. Con 90 minutos ya sobraría.

Sabía de los riesgos del «factor Murphy», pero sinceramente esperaba algo mas que envoltorio, luces, brillos, cámaras a toda velocidad y una historia insustancial. Manida y llevada con una correccción política tan exagerada y con tanto edulcorante, que su sola visión podría matar a un diabético.

Una pena tanto medio y tanto talento al servicio de…… la nada.

Cumple 100 años: «The Penalty»

Se cumplen 100 años del estreno de «The Penalty» (traducida en ocasiones como «El hombre sin piernas»). La película narra la historia de venganza de un hombre sobre el médico que le amputó de niño sus dos piernas de forma innecesaria. Un argumento morboso y lleno de sordidez ya que además este niño se convertirá en una especie de líder criminal de San Francisco sin escrúpulos.

La película fue dirigida por Wallace Worsley, que desarrolló su carrera en el cine mudo y cuyo hito más alto además de «The Penalty», fue «El jorobado de Notre Dame» en 1923. Es un film que entronca con ese lado oscuro, sórdido y terrorífico de la época cuyo máximo exponente fue Tod Browning y que se mantuvo en muchas películas hasta inicios de los años 30.

Una película que podríamos catalogar como thriller, pero que también tiene drama, acción, emoción, melodrama, algo de terror y podría constituir un germen del cine negro con una acción que se encadena con acierto y sin descanso.

Sin embargo, aunque podemos hablar del argumento, el estilo, su época, etc, la película se la come un inconmensurable Lon Chaney. Una de las más grandes estrellas del cine mudo que murió con el inicio del sonoro y que interpreta su primer gran película como protagonista absoluto .

Lon Chaney, apodado «el hombre de las mil caras», presenta un rostro carismático, que a diferencia de muchas de sus interpretaciones, aquí apenas está caracterizado por maquillaje alguno. Su personalidad traspasa la pantalla. Poderoso, contundente, su sola presencia en un plano atrapa todas las miradas.

The Penalty (1920) - Turner Classic Movies

Aquí su gran proeza es aparecer toda la película sin piernas y ciertamente, si no supieramos quien es Lon Chaney, juraríamos que el actor carecía en verdad de extremidades. Pero no es así, Lon Chaney tenía sus dos piernas, aunque parezca casi imposible viéndole moverse con una desenvoltura que debió requierirle un descomunal esfuerzo físico a lo largo de todo el rodaje.

Sin los medios y los trucajes digitales de hoy en día, la vigencia y fuerza de Lon Chaney siguen cautivando al hacernos sentir que asistimos a un espectáculo interpretativo único y singular. Su actuación es icónica, sorprendente e inverosímil por su complejidad y su casi invisible artificio. El actor no solo interpreta a un tipo sin piernas, sino que realmente te hace dudar que las tenga.

The Penalty (1920 film) - Wikipedia

Merece la pena detenerse en una cinta entretenida y llena de giros y subtramas. Pero sobre todo, merece la pena fijar la mirada en un actor, hoy convertido en mito.

Mank

Netflix acaba de estrenar la película que llevo un año escuchando que va a ser la más importante del 2020. Sin duda atractivos no le faltan, ya que a estar dirigida por David Fincher, uno de los grandes del cine contemporáneo, se le suma un argumento potencialmente adictivo para cualquier cinéfilo clásico, como es la historia del guionista, Herman J. Mankiewicz, al concebir el guion de «Ciudadano Kane». Personaje este, quizás algo eclipsado en general por la gran carrera de su hermano menor, Joe Mankiewicz como director, y en lo particular por la arrolladora personalidad de un Orson Welles que ha pasado a la historia como hacedor en solitario de uno de los grandes obras de la historia del cine.

Siempre han resultado atractivos esos personajes talentosos, a la sombra de otros, que no vieron tan reconocidos sus méritos, pero que eran imprescindibles para llevar a cabo determinados proyectos. Ese tipo de personaje es Herman J.Mankiewicz, guionista del Hollywood clásico que firmó multitud de guiones desde el final del cine mudo hasta su muerte en los cincuenta. Un artesano de la escritura y hacedor de historias en la época en que los grandes estudios estrenaban películas, igual que Ford hacía coches. Algo que Fincher aborda desde la implicación personal que para el director debe suponer el hecho de que el guion de esta película sea de su padre, Jack Fincher, cuya figura parece querer reivindicar, realzando un arquetipo de personaje que siempre ha estado en la trastienda.

Mank': los personajes reales de la película de Fincher de Netflix

Como ya he dicho, una historia como esta llevada a la pantalla, es el sueño húmedo de cualquier cinéfilo. Si «Ciudadano Kane» como película, es el Sancta Sanctorum de la cinefilia, recrear su génesis, contexto, circunstancias, la figura del propio Orson Welles y el retrato que hacía de algunos personajes de la época, es algo siempre sugestivo. Con lo cual, volver a ese mundo, y poner el foco en un personaje considerado subalterno a Welles, pero en el fondo autor intelectual de tan magno artefacto fílmico, es muy apetecible.

Pero he de decir, y empiezo por las conclusiones, que como espectador, y cinéfilo clásico al mismo tiempo, esta película me ha decepcionado. Peor aun, doy un paso mas, y podría afirmar que si me desprendiera de mi condición de cinéfilo clásico y me quedara solo con el traje de espectador «estandar», el adjetivo que usaría sería aun peor, hablaría directamente de una película algo aburrida.

Aun reconociendo que el film es interesante, creo que tan solo lo es para una minoría que conoce a todos los personajes que ahí aparecen y que erroneamente, el director presume que todos controlan, ya que en ningún momento considera necesario profundizar demasiado en sus personalidades, ni explicar apenas quienes son.

La fragmentación, el constante ir y venir de la historia, la sensación continua de encontrarte algo desubicado como espectador y cierto caos argumental, no permiten empatizar con un mundo que apenas se nos muestra en la cinta, pero que nos consta que era mágico y apasionante. Los actores están correctos, con Gary Oldman al frente llevando el peso del film y Amanda Seyfried y Lily Collins como mejores escuderas del protagonista. Pero sus personajes son incapaces de transmitir una emoción que nos haga empatizar con ellos, puesto que realmente no llegamos a conocer sus inquietudes ni motivaciones más profundas. Un talón de Aquiles que se repite en el cine de Fincher, perfecto en lo técnico, de precisión milimétrica, pero muchas veces incapaz de transmitir al espectador ese intangible que es la emoción.

Hay una voluntad de recrear cierto estilo semejante a «Ciudadano Kane», pero todo parece impostado, lo que que en Kane resulta fascinante, en Mank es neblinoso. No se explica convenientemente más que con algún discurso añadido, la verdadera naturaleza de la relación de Mank con su mujer, tampoco la de Hearst y Davies. El contexto político resulta desdibujado y episódico con la candidatura de Upton Sinclair en California. Se nos hurta el drama vital de la secretaria de Mank pero sobre todo, las auténticas motivaciones de Mank para recrear de forma tan cruel a los Hearst, sus supuestos amigos. El nudo central de la trama, no queda resuelto, ni tan siquiera da pie a una hipótesis.

Quién es quién en 'Mank': guía para no perderte la película de Fincher | El  cine en la SER | Cadena SER

Podríamos decir que la película mantiene un moderado interés por lo que sabemos previamente de su trastienda, y porque hay algunos diálogos y situaciones de bastante brillantez. Pero ese moderado interés sabe a poco teniendo en cuenta el enorme potencial de la historia y las mas que sobradas capacidades de quien está al otro lado de la cámara, y al que llevábamos seis años esperando ver en la gran pantalla. De ahí que el veredicto final a una cinta a la que se le pide mucho y que penetra en ámbitos cinéfilos apasionantes, no pueda más que resultar decepcionante, carente de emoción y sin solución satisfactoria que desentrañe ninguno de los enigmas que señala.

Cumple 100 años: El hombre y la bestia (Dr.Jekyll and Mr.Hyde)

Este año 2020 se cumplen 100 años del primer «largometraje» en adaptar el clásico de la literatura de Robert Louis Stevenson que es «Dr.Jekyll y Mr.Hyde. Entrecomillamos largometraje ya que entre 1908 y 1916 se realizaron varias películas cortas adaptando la historia, a las que habría que añadir la película perdida de F.W. Murnau «La cabeza de Jano» realizada también en el mismo año 1920. Con lo cual este es el primer largo que nos ha llegado de esta historia.

Esta película fue dirigida por John S.Robertson, personaje ya olvidado de la época del cine mudo que practicamente desapareció (como muchos otros) con el sonoro, y que tiene en esta su única película que ha trascendido hasta nuestros días. Como protagonista John Barrymore, integrante de la primera generación de la saga de actores más relevante y longeva de Hollywood, los Barrymore, y que encarna en esta película su primer gran papel en el cine.

Morality Play: Dr. Jekyll and Mr. Hyde (1920) | Nitrate Diva

Hablar de esta película es pertinente, pero sobre todo desde el punto de vista de la «arqueología cinéfila», ya que se trata de la obra que abre el fuego de las adaptaciones literarias del libro de Stevenson, que con posterioridad ha sido llevada a la gran pantalla en multitud de ocasiones tanto en su aspecto formal y fidedigno al relato como es este caso, como desde el punto de vista de la idea o el mito que lleva implícito.

No obstante, si me tengo que ceñir a sus valores cinematográficos, creo que esta adaptación deja bastantes dudas. Apenas sentimos la tensión, la turbación y malestar moral del protagonista. La narración no aterroriza en ningún momento y sus elementos más oscuros no están apenas presentes mas que de forma descriptiva.

Sin duda es una pena que no nos haya llegado la película de Murnau, ya que de ser así probablemente sería esta la película de la que estaríamos hablando. En la Alemania de los estudios UFA se estaba inventando el terror y el simbolismo en el cine como consecuencia del estilo expresionista que predominaba en ese contexto, y la historia de Stevenson encajaba en esa escuela donde el elemento psicológico también ocupaba un lugar relevante.

No quiero decir que en Hollywood no pudiera haberse hecho una obra de mayor entidad, ya que la emoción, el desdoblamiento y el fondo moral de esta historia podrían haber sido muy bien aprovechados por ejemplo por un director como D.W.Griffith, al que el relato le va muy bien a su estilo. Pero no, no podemos considerarla una obra referente, sino un poco voluntarioso y demasiado académico intento de plasmar una obra maestra de la literatura, pero incapaz de transmitirnos ni su tensión ni sus dilemas de forma contundente.

Respecto a la interpretación de John Barrymore, un actor de gran prestigio con una dilatada carrera teatral en personajes shakesperianos, me cuesta medirla en términos actuales. Lleva el peso de la película y la transformación se basa más en su gestualidad que en una caracterización no muy excesiva. En cualquier caso ya nadie le quitará el honor de ser ese primer actor al que se le vio en la gran pantalla transformarse de Jekyll a Hyde, eso sí através de un poco matizado cambio de plano superponiendose otro sin más, y es que no dejamos de estar en los albores del cine.

El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde de Robert Louis Stevenson. –  No solo técnica

El resto de personajes que rodean al protagonista tiene un rol minúsculo en la trama, resultando sorprendente la escasísima y casi irrelevante presencia de la novia del doctor Jekill y la ausencia de tensión y dramatismo en el final del relato. Veo que en una historia que es todo alma y conflicto se limitan a mostrarnos una descripción de los hechos sin ir al fondo de las cuestiones existenciales que plantea.

Sólo recomendable para los cinéfilos mas curiosos, y a la vez apesadumbrados por no poder disfrutar de la versión de Murnau.

Hillbilly, una elegía rural

En ese gran contenedor, ese mercadillo lleno de productos audiovisuales que es Netflix y en el que rebuscando a conciencia a veces encuentras alguna joya, se acaba de estrenar una de sus más importantes apuestas de la temporada. Y es que de un tiempo a esta parte, la plataforma ya nos tiene acostumbrados a obsequiarnos al final de cada año, con alguna delicatessen que suele meterse entre lo mejor de la temporada cinematográfica.

El argumento de «Hillbilly, una elegía rural» se basa en el best seller del mismo título, sobre la historia real del propio autor. Narra la encrucijada de un estudiante de derecho de Yale, a las puertas de una entrevista para obtener un importante empleo, al que se le cruza una crisis familiar que le hace revivir todo su pasado.

A priori, el producto debería suscitar cierto interés. Por un lado está su director, Ron Howard, con una carrera algo irregular, pero casi siempre dentro de unos margenes de cierta calidad, aunque algo lastrado por su obsesiva orientación en la búsqueda del gran público. En su haber obras notables como «Una mente maravillosa» (2001), «Cinderella Man» (2005) o «El desafío: Frost contra Nixon» (2008). Películas todas ellas con un potencial muy alto, y aunque da la impresión de que su director no exprime al máximo el potencial de esas historias, al menos es capaz de hacer un producto solvente y de buena factura con ellas.

Ron Howard movie “Hillbilly Elegy” filming in Middletown, Ohio | NBC4  WCMH-TV

Por otro lado, está el reclamo de dos grandes actrices, de dos generaciones diferentes, pero de merecido prestigio ambas, Glenn Close y Amy Adams, que además aquí encarnan unos personajes susceptibles para el lucimiento.

Amy Adams, Glenn Close talk their major 'Hillbilly Elegy' transformations |  EW.com

Pues bien, todo este previo sobre las expectativas que puede tener la película, es lo más interesante de la misma. Lamentablemente, una vez vista, es complicado encontrar motivos para recomendarla. La reacción que provoca es la de cierta perplejidad porque esta cinta aparezca en algunos pronósticos como una potencial aspirante a llevarse algunos premios.

Quizás el problema sea que Ron Howard, que empezó muy joven en el mundo del cine, ha rememorado sus inicios en los años 70 y 80 en los que hacer una película para televisión significaba hacer un telefilm de los que ponen los fines de semana después de comer. Porque tristemente esto es lo que ha perpretado nuestro querido Ron, un telefilm para la hora de la siesta.

La historia, aunque algo manida, no deja de tener cierto potencial. Superación, familia rota, reencuentro con el pasado, son cuestiones ya muy tratadas en cientos de películas, pero capaces de ofrecer resultados satisfactorios. Pero este no es el caso, bajo una factura algo más cuidada y algunos nombres relevantes en el elenco interpretativo, el director parece aburrirse con una historia a la que no dota de brío alguno y cuya potencial emoción no es adecuadamente transmitida a un espectador, que sin caer en el total aburrimiento, seguramente dentro de una semana ya habrá olvidado casi por completo lo que acaba de ver.

Un film cuyos personajes, a pesar de vivir situaciones límites, no son capaces de transmitirnos emoción alguna y donde buena parte del desarrollo de la historia se nos presenta a retazos brevemente explicados y mal desarrollados.

En cuanto a las actrices, ni Close ni Adams realizan sus mejores interpretaciones. Encarnan unos personajes potencialmente fuertes, pero ahogados en una estructura, en una forma de contar la historia, con continuos saltos temporales que aquí cercenan lo que de fuerte puede tener una trama que solo vemos fragmentada y que no permite que el espectador empatice con lo que está pasando.

El protagonista, autor del libro sobre su propia vida, está aquí encarnado por dos actores que interpretan su adolescencia y su presente, Owen Asztalos y Gabriel Basso respectivamentre. Ambos correctos, sin más, son los que llevan realmente el peso de la película. Como contrapunto algo hueco pero lo único luminoso del film una, como siempre, guapísima y solvente Freida Pinto.

Hillbilly Elegy (2020) - IMDb

Una decepción por su falta de acierto en la estructura, su incapacidad en transmitir emoción alguna y por la indiferencia que provoca en el espectador. Un telefilm, en el sentido mas peyorativo del término.