The Prom

Netflix, en su habitual aluvión de grandes estrenos de final de año, nos presenta lo último del muy prolífico y mayormente televisivo Ryan Murphy. Aquí el creador nos ofrece un musical que nos cuenta la historia de como un elenco de actores de Broadway, acude al rescate de una chica en un pueblo de Indiana, que no puede acudir al baile de graduación porque es lesbiana y quiere ir con su novia.

Por un lado habría que hablar de Ryan Murphy. Uno de los más importantes creadores televisivos, al que si tuviera que etiquetar de alguna manera lo haría por su gusto por el exceso. En cualquier caso tiene series notables y hay que reconocer que no sería posible hablar de esta época dorada y de renacimiento de la ficción televisiva, sin reconocerle un lugar relavante en la misma.

Ryan Murphy Shares an Update on His Movie Adaptation of The Prom | Playbill

Por otro lado, podríamos hacer una reflexión en relación al musical contemporáneo y de como este género a priori, podría venirle bien a creadores tendentes a la grandilocuencia como Murphy. Sin duda el musical permite llevarnos a un mundo de reglas difusas donde todo cabe, los sentimientos se subliman, las licencias narrativas afloran a cada momento y hay que aceptar el juego de la deformación de la realidad.

Personalmente, siento simpatía por los musicales, un género predominante y que arrastraba masas de espectadores en el Hollywood clásico, pero que desde hace décadas (lo mismo valdría para el western) ha dejado de ser recurrente para convertirse en puntual en el cine actual. Aun así, en estos últimos años he disfrutado de películas muy diferentes y alejadas de la escuela clásica, que han aportado luz y vitalidad a un género que languidece. Unas veces desde la espontaneidad festiva como “Mamma Mia” (2008), otras desde el exceso y la reinvención estética y del revival musical como “Moulin Rouge” (2001), también desde la fuerza y la verdad de los intérpretes como en “Los miserables” (2012) o desde la brillantez y la emoción como “La La Land”(2016).

De ahí que el planteamiento de “The Prom” y la solvencia de sus intérpretes (dos de sus protagonistas, Meryl Streep y Nicole Kidman, lo son también de dos de las películas que he mencionado), me hacían atisbar la posibilidad de que iba a asistir a uno de estos contados ejemplos de renacimiento y dignificación del género.

Me equivoqué. Lejos de inspirarse en obras mayúsculas, Ryan Murphy ha mirado hacia si mismo, ha cogido “Glee”, le ha dado un barniz de lujo, le ha añadido estrellas consagradas y ha ideado un artefacto que aunque se deja ver, acaba resultando empalagoso.

Ciertamente, como ya he dicho, en el musical deben admitirse licencias y exageraciones, pero en este caso las primeras son clichés muy primarios y las segundas te llevan por un camino tan evidente y de una forma tan gratuita y cargada de tópicos, que hasta en un contexto como el de este género resultan desmesuradas.

No hay capacidad alguna de sorpresa, no hay intensidad dramática en ninguna de sus situaciones, y los neones y el brillo sepultan cualquier atisbo de emoción en un espectador que en esencia, asiste a una plana comedia romántica con gente cantando y bailando.

Si nos ceñimos a los números musicales, reconozco que el nivel medio de las canciones es correcto, pero la coreografía en ningún momento resulta espectacular ni llega a impresionar. Llena de trampas, la cámara se mueve más que los actores (que tiempos esos en los que Fred Astaire o Gene Kelly bailaban en un solo plano durante minutos con la cámara quieta), a los que se les ve casi exclusivamente de cintura para arriba en los bailes y sin continuidad alguna con una excesiva sucesión de planos.

The Prom: El nuevo musical de Ryan Murphy para Netflix

Argumentalmente es endeble, llena de clichés y facilona. Hecha para un espectador que no quiera enfrentarse a dificultad ni adversidad emocional alguna. Todo es previsible, todo es plano y todos los protagonistas son como mínimo puros arquetipos, cuando no te preguntas directamente que pintan ahí, como en el caso de Nicole Kidman. Y como remate, el director necesita 132 minutos para contar esto, cuando a los 5 minutos ya podemos intuir paso por paso lo que va a acurrir y cómo. Con 90 minutos ya sobraría.

Sabía de los riesgos del “factor Murphy”, pero sinceramente esperaba algo mas que envoltorio, luces, brillos, cámaras a toda velocidad y una historia insustancial. Manida y llevada con una correccción política tan exagerada y con tanto edulcorante, que su sola visión podría matar a un diabético.

Una pena tanto medio y tanto talento al servicio de…… la nada.

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