CATALINA Y MIGUEL

23 de abril de 1616. En el lecho de muerte de D. Miguel de Cervantes.

Alrededor de la cama en la que yacía D. Miguel, solo estaban el médico y su mujer. Hacía unos instantes que el doctor había acercado su oreja al pecho del enfermo.

—Lo siento Doña Catalina, su marido ha muerto.

La difunta había imaginado ya ese momento. Su esposo era muchos años mayor que ella y siempre había asumido que le sobreviviría. Pero aún así, un estremecimiento le atravesó.

—Muchas gracias doctor, sé que ha hecho todo lo posible.

—Mis condolencias Doña Catalina.

—Ahora, me gustaría estar a solas con mi esposo.

—Por supuesto señora, esperaré fuera por si me necesita.

Cuando el doctor salió de la estancia, Catalina rompió a hablar. No podía llorar y mientras estuviese presente el cuerpo de su marido, necesitaba sentir que este se llevaría al más allá lo que nunca pudo decirle en vida. La mujer empezó a hablarle.

Miguel, no sé por dónde empezar. Eras ya algo mayor cuando te conocí. No tenías ni reputación, ni brazo y decían que habías dejado embarazada a una mujer casada. Yo sin embargo, no era más que una cría de la Mancha a la que le gustaba leer y soñar despierta. Tú por el contrario, ya habías escrito algún libro, conocías mundo y hasta  una guerra.

La primera vez que te vi, venías a visitar a mi madre. Mi padre había muerto y todo el pueblo hablaba de ese ex militar manco, venido de Madrid que iba a ser mi padrastro. Me habían advertido que no abriera la boca, pero cuando vi que llevabas un libro bajo el brazo, me pudo la curiosidad y con descaro te pregunté de qué trataba. Fue la primera vez que me miraste. Sonreíste cortésmente y me lo enseñaste. El libro se llamaba “Dña. Ana y su criada” de un tal Lope de la Barca. Me imagino que te sorprendería que una mujer se interesase por un libro, debí parecerte un bicho raro.

Al día siguiente volviste a mi casa, me regalaste ese libro y hablamos un buen rato, ante la estupefacción de mama y mis hermanos. Lo leí esa misma noche, no pegué ojo hasta acabarlo. Era la historia de una señora, que con su criada, atravesaba España buscando un amor de juventud. Durante el viaje enloquecía y la novela acababa siendo una sucesión de excentricidades de la señora, a la que su criada intentaba reconducir.

En la siguiente visita, hablaste con mi madre para pedir mi mano. Pobrecilla. Lo sentí por ella, pero no se opuso, enseguida se dio cuenta que ibas en serio y como todas las madres, ya sabía que su hija se había enamorado.

A partir de ahí, ya sabes Miguel. Nos casamos, nos quisimos a nuestra manera, tú respetaste mis inquietudes y yo perdoné tus desatinos. Cuando quedaste en paz contigo mismo, dejaste de viajar y decidiste que ya no te separarías de mí, fui muy feliz. Lo único que quería era tenerte a mi lado y ayudarte en tu sueño de ganarte la vida como escritor.

Ya habías publicado algo, pero sin mucho éxito. Escribías con tesón, pero nada terminaba de satisfacerte y empezaste a dudar de ti mismo. Decías que no tenías ni el talento ni el genio necesario para ser un gran autor. Quería ayudarte, pero no sabía cómo. Un día, se me ocurrió que podrías escribir algo parecido a aquel libro que me regalaste. No lo viste claro, pero me animaste a que fuese yo la que escribiera, si es que ese argumento me inspiraba tanto.

Como me divertí Miguel. Convertí a Dña. Ana en un caballero, a su criada en un escudero, me inventé gigantes, princesas y lo situé todo en mi pueblo y sus alrededores. Al principio te reías de mis ideas y mi entusiasmo, pero poco a poco, fui viendo que realmente te gustaba lo que escribía. Tal es así, que cuando lo terminé, me dijiste que ibas a ir a Madrid y se lo ibas a enseñar a un impresor amigo tuyo para publicarlo.

Pero nadie quería leerlo, no me conocían y no te tomaban en serio. Escribir no era cosa de mujeres. Fue entonces cuando se te ocurrió decir que el libro lo habías escrito tú. Entonces sí que lo leyeron y de esta forma conseguiste que lo publicaran. Cuando me diste la noticia, no te atreviste a contármelo, yo ignorante estaba muy contenta y pasé semanas entusiasmada esperando a tener en mis manos un ejemplar de la obra. Cuando llegó el día y me entregaste el primer libro impreso, vi que no eras capaz de mirarme a la cara. No entendí lo que pasaba, hasta que vi tu nombre debajo del título. Me vine abajo, te maldije, grite de rabia. Tú no sabías que hacer, me explicaste que era la única forma que habías encontrado de publicarlo, pero no podía aceptar esa injusticia y te odié por lo que habías hecho. No podía soportar ver el nombre de D. Miguel de Cervantes en vez de Catalina de Salazar.

Pero poco a poco pude ver que te consumía la vergüenza. Creíste sinceramente que esa era la única opción. De la noche a la mañana, no por tu genio, sino por tu oportunismo, te convertiste en un autor respetado, pero lejos de saborearlo, eso te fue matando poco a poco. Todo porque en esta maldita época, las mujeres valemos poco más que un arado. Al final te perdoné, pero era tarde, estabas consumido por esta injusticia. Sufriste en soledad la vergüenza del falsario y eso te acabó matando.

Ahora ya te has ido Miguel y lo único que quiero decirte, antes de que te amortajen, es que te perdono, que te quiero y que este nuestro secreto, se irá a la tumba conmigo. Nunca nadie sabrá lo nuestro.

Un beso en la frente selló su promesa.

La madre del blues

Netflix ha estrenado “Ma Rainey’s Black Bottom”, una película que nos describe un episodio concreto de un personaje real, Ma Rainey una pionera del blues, en el momento de grabación de un disco y las tensiones que se generan a su alrededor.

La película está basada en una obra teatral de August Wilson, autor llevado al cine hace poco por Denzel Washington que dirigió y protagonizó otra de sus obras, “Fences” y que aquí repite, esta vez en el rol de productor.

August Wilson: The Ground on Which I Stand |August Wilson biography and  timeline | American Masters | PBS

Dos reflexiones fundamentales sobre esta película. La primera es que estamos ante una adaptación de una obra teatral, lo cual no es malo, y cientos de películas tienen el armazón argumental de un drama para hacer cine. El problema aquí es que se nota demasiado que estamos más ante un teatro filmado, que ante una película en sí. A la limitación de escenarios, se une un tipo de realización, teatral en extremo, que pretende conmocionar por intensa pero que no lo hace por una falta de contexto, entorno y desarrollo de personajes. No me cabe duda de que esa intensidad y cercanía del actor puede funcionar sobre las tablas, pero lamentablemente en la gran pantalla no siempre es así y aquí lo que se transmite es falsa afectación.

Sin duda se nota que su director, George C.Wolfe, se encuentra más comodo haciendo teatro (donde ocupa una posición de cierto prestigio, con un par de premios Tony y varias nominaciones) que cine, donde sus trabajos como director siempre han sido episódicos y de resultados muy discretos.

Por otro lado, hay también un problema de expectativas. La presentación de la película te hace pensar en una historia ambiciosa sobre el papel de una mujer pionera del blues, con música, contexto histórico, racismo, etc. Pero no es así, la película consiste en una serie de personas encerradas en una habitación, con unos exagerados y casi siempre injustificados picos de carácter, que son lo que sustentan la trama.

Casi me interesa más saber lo que pasa fuera de esa habitación, lo que nos nos cuenta, que lo que vemos realmente, que no es más que una anecdótica y episódica historia mínima. Me gustaría oír la música que hacía esta señora y también me hubiera gustado ver desarrollada la vida de sus acompañantes, la de ella misma y sus conciertos y giras por esa norteamérica segregacionista.

Pero no, todo se ciñe a un monólogo existencial de un músico frente a otros que no le dan apenas réplica. Sus aspiraciones personales, un episodio racial concreto de su infancia y un inesperado, exagerado y fuera de contexto desenlace, es en lo que se acaba resumiendo todo.

Ma Rainey's Black Bottom' First Reactions: Boseman, Davis Shine | IndieWire

Como contrapunto a lo anterior, vemos a una diva excesiva, caprichosa y cruel que no despierta más que antipatía y que no sabemos porque es así. Apenas oímos su música y más alla de que cante, desconocemos todo de su vida (que en la realidad por lo que yo sé, fue muy interesante).

Por último, las interpretaciones han sido algo muy valorado en esta película. No comparto esta cuestión. Viola Davis está excesiva y enterrada en maquillaje. Sin duda es premeditado, pero esto no convierte automáticamente lo que hace en una gran actuación. Por otro lado está Chadwick Boseman, que es quien está más tiempo en pantalla y soporta el peso de la película. Él está bien y hace lo que puede, es el único que brilla algo, pero tampoco su interpretación es legendaria, aunque su fallecimiento, tan joven, posiblemente sobredimensione sus méritos en esta, su última película.

Ma Rainey's Black Bottom (2020) - IMDb

En resumen, una pequeña decepción, teatro televisivo que no se adapta bien a su medio. Intensidad artificial que intentan inocularnos a golpe de efecto y por mi parte, tras verla, ganas de que alguien nos cuente lo que nos hurta el film, la verdadera historia de Ma Rainey, una mujer muy interesante, cuya apasionante vida podría alimentar una buena película, no como esta.

All they want is my voice': the real story of 'Mother of the Blues' Ma  Rainey | Blues | The Guardian

Ava

Movistar acaba de estrenar una película que en circunstancias normales hubiera sido presentada en salas comerciales. Pero los tiempos actuales han propiciado el estreno directo en plataformas digitales, de cintas con un claro recorrido en cines.

La película nos muestra las peripecias de una mujer, Ava, que trabaja para una organización secreta como asesina. Un argumento como este, podría a muchos hacernos desistir de verla, ya que difícilmente se me ocurre un argumento más convencional y manido. Pero claro, hay un factor disruptivo que justifica que pueda interesarnos, su protagonista Jessica Chastain.

En mi opinión, Chastain es la actriz más talentosa que ha irrumpido en los últimos 10 años. Recuerdo el impacto que me produjo su interpretación en “El árbol de la vida” y en “Take Shelter“, ambas en 2011. A partir de ahí, verla actuar, siempre me ha resultado estimulante como espectador, ya que a su talento hay que añadir una excelente elección en sus proyecto que hacen que sus películas sean como mínimo interesantes, cuando no excelentes.

Si a esto le unimos un director, Tate Taylor, que realizó (también con Chastain) la estimable “Criadas y Señoras” (2011) y las intervenciones de actores de sólido prestigio como John Malkovich o Geena Davis, el reinventado en los últimos tiempos para bien Collin Farrell y esa evocadora presencia que descubrimos a finales de los ochenta que es Joan Chen, creo que podemos considerar que esta película quizás tenga un mayor interés del que parece.

Pero una vez vista, hay que decir que este es un claro ejemplo de que a veces es mejor dejar a un lado cierto bagaje cinéfilo y dejarse llevar por la primera impresión. La película no es lo que a priori parece, es aún peor.

Intentando ser positivos, ver siempre a Jessica Chastain es interesante y creo que aquí mantiene el tipo con dignidad. También es de agradecer que la película solo dure 96 minutos y…. no se me ocurre nada más positivo que decir.

El film es rutinario, intrascendente, no aporta nada y tiene algunas derivadas que rozan el absurdo. Películas de estas hay muchas, sin ir más lejos las de James Bond o Jason Bourne, cuyo ritmo, tensión y vigor visual hacen que sean espectáculos disfrutables. Pero no es el caso de “Ava”. Las situaciones de tensión están desaprovechadas, y las de acción resultan algo ridículas. Estamos ante un producto de consumo muy básico, nada sofisticado, ramplón en lo técnico y bastante torpe en su realización, sustentado en un guión que parece escrito a brochazos. Una película que al poco de terminar de verla, ya la estás olvidando.

Malkovich, Farrell, Davis y Chen son espectros episódicos en una trama que no permite dotar de mucha dignidad ni presencia a sus personajes. Una deriva que pasa de la mediocridad inicial, a un monumental absurdo en los últimos treinta minutos donde toma mayor peso el entorno personal de la protagonista y que argumentalmente resulta aún peor que la propia trama criminal principal.

Una pena. Si llego a saberlo hubiera ocupado mi tiempo en hacer cosas más provechosas, como tumbarme en la cama a mirar el techo de mi habitación o ver videos de gatos en TikTok. Como consuelo, me quedo evocando esas películas e interpretaciones con las que Jessica Chastain me ha hecho disfrutar tanto estos últimos años.

The Prom

Netflix, en su habitual aluvión de grandes estrenos de final de año, nos presenta lo último del muy prolífico y mayormente televisivo Ryan Murphy. Aquí el creador nos ofrece un musical que nos cuenta la historia de como un elenco de actores de Broadway, acude al rescate de una chica en un pueblo de Indiana, que no puede acudir al baile de graduación porque es lesbiana y quiere ir con su novia.

Por un lado habría que hablar de Ryan Murphy. Uno de los más importantes creadores televisivos, al que si tuviera que etiquetar de alguna manera lo haría por su gusto por el exceso. En cualquier caso tiene series notables y hay que reconocer que no sería posible hablar de esta época dorada y de renacimiento de la ficción televisiva, sin reconocerle un lugar relavante en la misma.

Ryan Murphy Shares an Update on His Movie Adaptation of The Prom | Playbill

Por otro lado, podríamos hacer una reflexión en relación al musical contemporáneo y de como este género a priori, podría venirle bien a creadores tendentes a la grandilocuencia como Murphy. Sin duda el musical permite llevarnos a un mundo de reglas difusas donde todo cabe, los sentimientos se subliman, las licencias narrativas afloran a cada momento y hay que aceptar el juego de la deformación de la realidad.

Personalmente, siento simpatía por los musicales, un género predominante y que arrastraba masas de espectadores en el Hollywood clásico, pero que desde hace décadas (lo mismo valdría para el western) ha dejado de ser recurrente para convertirse en puntual en el cine actual. Aun así, en estos últimos años he disfrutado de películas muy diferentes y alejadas de la escuela clásica, que han aportado luz y vitalidad a un género que languidece. Unas veces desde la espontaneidad festiva como “Mamma Mia” (2008), otras desde el exceso y la reinvención estética y del revival musical como “Moulin Rouge” (2001), también desde la fuerza y la verdad de los intérpretes como en “Los miserables” (2012) o desde la brillantez y la emoción como “La La Land”(2016).

De ahí que el planteamiento de “The Prom” y la solvencia de sus intérpretes (dos de sus protagonistas, Meryl Streep y Nicole Kidman, lo son también de dos de las películas que he mencionado), me hacían atisbar la posibilidad de que iba a asistir a uno de estos contados ejemplos de renacimiento y dignificación del género.

Me equivoqué. Lejos de inspirarse en obras mayúsculas, Ryan Murphy ha mirado hacia si mismo, ha cogido “Glee”, le ha dado un barniz de lujo, le ha añadido estrellas consagradas y ha ideado un artefacto que aunque se deja ver, acaba resultando empalagoso.

Ciertamente, como ya he dicho, en el musical deben admitirse licencias y exageraciones, pero en este caso las primeras son clichés muy primarios y las segundas te llevan por un camino tan evidente y de una forma tan gratuita y cargada de tópicos, que hasta en un contexto como el de este género resultan desmesuradas.

No hay capacidad alguna de sorpresa, no hay intensidad dramática en ninguna de sus situaciones, y los neones y el brillo sepultan cualquier atisbo de emoción en un espectador que en esencia, asiste a una plana comedia romántica con gente cantando y bailando.

Si nos ceñimos a los números musicales, reconozco que el nivel medio de las canciones es correcto, pero la coreografía en ningún momento resulta espectacular ni llega a impresionar. Llena de trampas, la cámara se mueve más que los actores (que tiempos esos en los que Fred Astaire o Gene Kelly bailaban en un solo plano durante minutos con la cámara quieta), a los que se les ve casi exclusivamente de cintura para arriba en los bailes y sin continuidad alguna con una excesiva sucesión de planos.

The Prom: El nuevo musical de Ryan Murphy para Netflix

Argumentalmente es endeble, llena de clichés y facilona. Hecha para un espectador que no quiera enfrentarse a dificultad ni adversidad emocional alguna. Todo es previsible, todo es plano y todos los protagonistas son como mínimo puros arquetipos, cuando no te preguntas directamente que pintan ahí, como en el caso de Nicole Kidman. Y como remate, el director necesita 132 minutos para contar esto, cuando a los 5 minutos ya podemos intuir paso por paso lo que va a acurrir y cómo. Con 90 minutos ya sobraría.

Sabía de los riesgos del “factor Murphy”, pero sinceramente esperaba algo mas que envoltorio, luces, brillos, cámaras a toda velocidad y una historia insustancial. Manida y llevada con una correccción política tan exagerada y con tanto edulcorante, que su sola visión podría matar a un diabético.

Una pena tanto medio y tanto talento al servicio de…… la nada.

Cumple 100 años: “The Penalty”

Se cumplen 100 años del estreno de “The Penalty” (traducida en ocasiones como “El hombre sin piernas”). La película narra la historia de venganza de un hombre sobre el médico que le amputó de niño sus dos piernas de forma innecesaria. Un argumento morboso y lleno de sordidez ya que además este niño se convertirá en una especie de líder criminal de San Francisco sin escrúpulos.

La película fue dirigida por Wallace Worsley, que desarrolló su carrera en el cine mudo y cuyo hito más alto además de “The Penalty”, fue “El jorobado de Notre Dame” en 1923. Es un film que entronca con ese lado oscuro, sórdido y terrorífico de la época cuyo máximo exponente fue Tod Browning y que se mantuvo en muchas películas hasta inicios de los años 30.

Una película que podríamos catalogar como thriller, pero que también tiene drama, acción, emoción, melodrama, algo de terror y podría constituir un germen del cine negro con una acción que se encadena con acierto y sin descanso.

Sin embargo, aunque podemos hablar del argumento, el estilo, su época, etc, la película se la come un inconmensurable Lon Chaney. Una de las más grandes estrellas del cine mudo que murió con el inicio del sonoro y que interpreta su primer gran película como protagonista absoluto .

Lon Chaney, apodado “el hombre de las mil caras”, presenta un rostro carismático, que a diferencia de muchas de sus interpretaciones, aquí apenas está caracterizado por maquillaje alguno. Su personalidad traspasa la pantalla. Poderoso, contundente, su sola presencia en un plano atrapa todas las miradas.

The Penalty (1920) - Turner Classic Movies

Aquí su gran proeza es aparecer toda la película sin piernas y ciertamente, si no supieramos quien es Lon Chaney, juraríamos que el actor carecía en verdad de extremidades. Pero no es así, Lon Chaney tenía sus dos piernas, aunque parezca casi imposible viéndole moverse con una desenvoltura que debió requierirle un descomunal esfuerzo físico a lo largo de todo el rodaje.

Sin los medios y los trucajes digitales de hoy en día, la vigencia y fuerza de Lon Chaney siguen cautivando al hacernos sentir que asistimos a un espectáculo interpretativo único y singular. Su actuación es icónica, sorprendente e inverosímil por su complejidad y su casi invisible artificio. El actor no solo interpreta a un tipo sin piernas, sino que realmente te hace dudar que las tenga.

The Penalty (1920 film) - Wikipedia

Merece la pena detenerse en una cinta entretenida y llena de giros y subtramas. Pero sobre todo, merece la pena fijar la mirada en un actor, hoy convertido en mito.

Mank

Netflix acaba de estrenar la película que llevo un año escuchando que va a ser la más importante del 2020. Sin duda atractivos no le faltan, ya que a estar dirigida por David Fincher, uno de los grandes del cine contemporáneo, se le suma un argumento potencialmente adictivo para cualquier cinéfilo clásico, como es la historia del guionista, Herman J. Mankiewicz, al concebir el guion de “Ciudadano Kane”. Personaje este, quizás algo eclipsado en general por la gran carrera de su hermano menor, Joe Mankiewicz como director, y en lo particular por la arrolladora personalidad de un Orson Welles que ha pasado a la historia como hacedor en solitario de uno de los grandes obras de la historia del cine.

Siempre han resultado atractivos esos personajes talentosos, a la sombra de otros, que no vieron tan reconocidos sus méritos, pero que eran imprescindibles para llevar a cabo determinados proyectos. Ese tipo de personaje es Herman J.Mankiewicz, guionista del Hollywood clásico que firmó multitud de guiones desde el final del cine mudo hasta su muerte en los cincuenta. Un artesano de la escritura y hacedor de historias en la época en que los grandes estudios estrenaban películas, igual que Ford hacía coches. Algo que Fincher aborda desde la implicación personal que para el director debe suponer el hecho de que el guion de esta película sea de su padre, Jack Fincher, cuya figura parece querer reivindicar, realzando un arquetipo de personaje que siempre ha estado en la trastienda.

Mank': los personajes reales de la película de Fincher de Netflix

Como ya he dicho, una historia como esta llevada a la pantalla, es el sueño húmedo de cualquier cinéfilo. Si “Ciudadano Kane” como película, es el Sancta Sanctorum de la cinefilia, recrear su génesis, contexto, circunstancias, la figura del propio Orson Welles y el retrato que hacía de algunos personajes de la época, es algo siempre sugestivo. Con lo cual, volver a ese mundo, y poner el foco en un personaje considerado subalterno a Welles, pero en el fondo autor intelectual de tan magno artefacto fílmico, es muy apetecible.

Pero he de decir, y empiezo por las conclusiones, que como espectador, y cinéfilo clásico al mismo tiempo, esta película me ha decepcionado. Peor aun, doy un paso mas, y podría afirmar que si me desprendiera de mi condición de cinéfilo clásico y me quedara solo con el traje de espectador “estandar”, el adjetivo que usaría sería aun peor, hablaría directamente de una película algo aburrida.

Aun reconociendo que el film es interesante, creo que tan solo lo es para una minoría que conoce a todos los personajes que ahí aparecen y que erroneamente, el director presume que todos controlan, ya que en ningún momento considera necesario profundizar demasiado en sus personalidades, ni explicar apenas quienes son.

La fragmentación, el constante ir y venir de la historia, la sensación continua de encontrarte algo desubicado como espectador y cierto caos argumental, no permiten empatizar con un mundo que apenas se nos muestra en la cinta, pero que nos consta que era mágico y apasionante. Los actores están correctos, con Gary Oldman al frente llevando el peso del film y Amanda Seyfried y Lily Collins como mejores escuderas del protagonista. Pero sus personajes son incapaces de transmitir una emoción que nos haga empatizar con ellos, puesto que realmente no llegamos a conocer sus inquietudes ni motivaciones más profundas. Un talón de Aquiles que se repite en el cine de Fincher, perfecto en lo técnico, de precisión milimétrica, pero muchas veces incapaz de transmitir al espectador ese intangible que es la emoción.

Hay una voluntad de recrear cierto estilo semejante a “Ciudadano Kane”, pero todo parece impostado, lo que que en Kane resulta fascinante, en Mank es neblinoso. No se explica convenientemente más que con algún discurso añadido, la verdadera naturaleza de la relación de Mank con su mujer, tampoco la de Hearst y Davies. El contexto político resulta desdibujado y episódico con la candidatura de Upton Sinclair en California. Se nos hurta el drama vital de la secretaria de Mank pero sobre todo, las auténticas motivaciones de Mank para recrear de forma tan cruel a los Hearst, sus supuestos amigos. El nudo central de la trama, no queda resuelto, ni tan siquiera da pie a una hipótesis.

Quién es quién en 'Mank': guía para no perderte la película de Fincher | El  cine en la SER | Cadena SER

Podríamos decir que la película mantiene un moderado interés por lo que sabemos previamente de su trastienda, y porque hay algunos diálogos y situaciones de bastante brillantez. Pero ese moderado interés sabe a poco teniendo en cuenta el enorme potencial de la historia y las mas que sobradas capacidades de quien está al otro lado de la cámara, y al que llevábamos seis años esperando ver en la gran pantalla. De ahí que el veredicto final a una cinta a la que se le pide mucho y que penetra en ámbitos cinéfilos apasionantes, no pueda más que resultar decepcionante, carente de emoción y sin solución satisfactoria que desentrañe ninguno de los enigmas que señala.

Cumple 100 años: El hombre y la bestia (Dr.Jekyll and Mr.Hyde)

Este año 2020 se cumplen 100 años del primer “largometraje” en adaptar el clásico de la literatura de Robert Louis Stevenson que es “Dr.Jekyll y Mr.Hyde. Entrecomillamos largometraje ya que entre 1908 y 1916 se realizaron varias películas cortas adaptando la historia, a las que habría que añadir la película perdida de F.W. Murnau “La cabeza de Jano” realizada también en el mismo año 1920. Con lo cual este es el primer largo que nos ha llegado de esta historia.

Esta película fue dirigida por John S.Robertson, personaje ya olvidado de la época del cine mudo que practicamente desapareció (como muchos otros) con el sonoro, y que tiene en esta su única película que ha trascendido hasta nuestros días. Como protagonista John Barrymore, integrante de la primera generación de la saga de actores más relevante y longeva de Hollywood, los Barrymore, y que encarna en esta película su primer gran papel en el cine.

Morality Play: Dr. Jekyll and Mr. Hyde (1920) | Nitrate Diva

Hablar de esta película es pertinente, pero sobre todo desde el punto de vista de la “arqueología cinéfila”, ya que se trata de la obra que abre el fuego de las adaptaciones literarias del libro de Stevenson, que con posterioridad ha sido llevada a la gran pantalla en multitud de ocasiones tanto en su aspecto formal y fidedigno al relato como es este caso, como desde el punto de vista de la idea o el mito que lleva implícito.

No obstante, si me tengo que ceñir a sus valores cinematográficos, creo que esta adaptación deja bastantes dudas. Apenas sentimos la tensión, la turbación y malestar moral del protagonista. La narración no aterroriza en ningún momento y sus elementos más oscuros no están apenas presentes mas que de forma descriptiva.

Sin duda es una pena que no nos haya llegado la película de Murnau, ya que de ser así probablemente sería esta la película de la que estaríamos hablando. En la Alemania de los estudios UFA se estaba inventando el terror y el simbolismo en el cine como consecuencia del estilo expresionista que predominaba en ese contexto, y la historia de Stevenson encajaba en esa escuela donde el elemento psicológico también ocupaba un lugar relevante.

No quiero decir que en Hollywood no pudiera haberse hecho una obra de mayor entidad, ya que la emoción, el desdoblamiento y el fondo moral de esta historia podrían haber sido muy bien aprovechados por ejemplo por un director como D.W.Griffith, al que el relato le va muy bien a su estilo. Pero no, no podemos considerarla una obra referente, sino un poco voluntarioso y demasiado académico intento de plasmar una obra maestra de la literatura, pero incapaz de transmitirnos ni su tensión ni sus dilemas de forma contundente.

Respecto a la interpretación de John Barrymore, un actor de gran prestigio con una dilatada carrera teatral en personajes shakesperianos, me cuesta medirla en términos actuales. Lleva el peso de la película y la transformación se basa más en su gestualidad que en una caracterización no muy excesiva. En cualquier caso ya nadie le quitará el honor de ser ese primer actor al que se le vio en la gran pantalla transformarse de Jekyll a Hyde, eso sí através de un poco matizado cambio de plano superponiendose otro sin más, y es que no dejamos de estar en los albores del cine.

El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde de Robert Louis Stevenson. –  No solo técnica

El resto de personajes que rodean al protagonista tiene un rol minúsculo en la trama, resultando sorprendente la escasísima y casi irrelevante presencia de la novia del doctor Jekill y la ausencia de tensión y dramatismo en el final del relato. Veo que en una historia que es todo alma y conflicto se limitan a mostrarnos una descripción de los hechos sin ir al fondo de las cuestiones existenciales que plantea.

Sólo recomendable para los cinéfilos mas curiosos, y a la vez apesadumbrados por no poder disfrutar de la versión de Murnau.

Hillbilly, una elegía rural

En ese gran contenedor, ese mercadillo lleno de productos audiovisuales que es Netflix y en el que rebuscando a conciencia a veces encuentras alguna joya, se acaba de estrenar una de sus más importantes apuestas de la temporada. Y es que de un tiempo a esta parte, la plataforma ya nos tiene acostumbrados a obsequiarnos al final de cada año, con alguna delicatessen que suele meterse entre lo mejor de la temporada cinematográfica.

El argumento de “Hillbilly, una elegía rural” se basa en el best seller del mismo título, sobre la historia real del propio autor. Narra la encrucijada de un estudiante de derecho de Yale, a las puertas de una entrevista para obtener un importante empleo, al que se le cruza una crisis familiar que le hace revivir todo su pasado.

A priori, el producto debería suscitar cierto interés. Por un lado está su director, Ron Howard, con una carrera algo irregular, pero casi siempre dentro de unos margenes de cierta calidad, aunque algo lastrado por su obsesiva orientación en la búsqueda del gran público. En su haber obras notables como “Una mente maravillosa” (2001), “Cinderella Man” (2005) o “El desafío: Frost contra Nixon” (2008). Películas todas ellas con un potencial muy alto, y aunque da la impresión de que su director no exprime al máximo el potencial de esas historias, al menos es capaz de hacer un producto solvente y de buena factura con ellas.

Ron Howard movie “Hillbilly Elegy” filming in Middletown, Ohio | NBC4  WCMH-TV

Por otro lado, está el reclamo de dos grandes actrices, de dos generaciones diferentes, pero de merecido prestigio ambas, Glenn Close y Amy Adams, que además aquí encarnan unos personajes susceptibles para el lucimiento.

Amy Adams, Glenn Close talk their major 'Hillbilly Elegy' transformations |  EW.com

Pues bien, todo este previo sobre las expectativas que puede tener la película, es lo más interesante de la misma. Lamentablemente, una vez vista, es complicado encontrar motivos para recomendarla. La reacción que provoca es la de cierta perplejidad porque esta cinta aparezca en algunos pronósticos como una potencial aspirante a llevarse algunos premios.

Quizás el problema sea que Ron Howard, que empezó muy joven en el mundo del cine, ha rememorado sus inicios en los años 70 y 80 en los que hacer una película para televisión significaba hacer un telefilm de los que ponen los fines de semana después de comer. Porque tristemente esto es lo que ha perpretado nuestro querido Ron, un telefilm para la hora de la siesta.

La historia, aunque algo manida, no deja de tener cierto potencial. Superación, familia rota, reencuentro con el pasado, son cuestiones ya muy tratadas en cientos de películas, pero capaces de ofrecer resultados satisfactorios. Pero este no es el caso, bajo una factura algo más cuidada y algunos nombres relevantes en el elenco interpretativo, el director parece aburrirse con una historia a la que no dota de brío alguno y cuya potencial emoción no es adecuadamente transmitida a un espectador, que sin caer en el total aburrimiento, seguramente dentro de una semana ya habrá olvidado casi por completo lo que acaba de ver.

Un film cuyos personajes, a pesar de vivir situaciones límites, no son capaces de transmitirnos emoción alguna y donde buena parte del desarrollo de la historia se nos presenta a retazos brevemente explicados y mal desarrollados.

En cuanto a las actrices, ni Close ni Adams realizan sus mejores interpretaciones. Encarnan unos personajes potencialmente fuertes, pero ahogados en una estructura, en una forma de contar la historia, con continuos saltos temporales que aquí cercenan lo que de fuerte puede tener una trama que solo vemos fragmentada y que no permite que el espectador empatice con lo que está pasando.

El protagonista, autor del libro sobre su propia vida, está aquí encarnado por dos actores que interpretan su adolescencia y su presente, Owen Asztalos y Gabriel Basso respectivamentre. Ambos correctos, sin más, son los que llevan realmente el peso de la película. Como contrapunto algo hueco pero lo único luminoso del film una, como siempre, guapísima y solvente Freida Pinto.

Hillbilly Elegy (2020) - IMDb

Una decepción por su falta de acierto en la estructura, su incapacidad en transmitir emoción alguna y por la indiferencia que provoca en el espectador. Un telefilm, en el sentido mas peyorativo del término.

Patria. La serie

Si yo fuera Fernando Aramburu y acabase de terminar el último capítulo de la serie basado en su libro, creo que estaría muy contento. Son infinitos, y hasta cierto punto entendibles, los desencuentros existentes entre el autor o lector de una obra y los encargados de plasmar lo relatado en una pantalla. El autor muchas veces habla de la ausencia de fidelidad al espíritu de la obra, los lectores dirán que las situaciones y los personajes no son como ellos se habían imaginado y el cineasta se justificará diciendo que él también es un creador, libre de adaptar las situaciones como quiera y según se ajusten mejor o peor al trasladarlas a imágenes.

Creo que en este tipo de controversias todos llevan razón. Cada expresión artística tiene que tomar su camino propio. Pero quizás, en el caso de “Patria” hay connotaciones que deben cuidarse de excluir a nadie. Porque “Patria” no es solo un fenómeno editorial, probablemente el mayor de los últimos años, sino que además es una grandísima novela (algunas veces una cosa y otra no van unidas por lo que es pertinente enfatizarlo) que relata el mayor conflicto humano, ético y personal al que nos hemos enfrentado en este país. Por todo esto, y aunque normalmente no tendría que ser así, en este caso el respeto al argumento y a la idea que pretende transmitir su autor debe imponerse.

Si yo fuera Fernando Aramburu estaría muy contento, porque al terminar mi novela nunca podría haber imaginado que otras personas, que no tienen porqué tener la misma sensibilidad e ideas que las mías, pudieran reflejar de una manera tan excelsa y fidedigna ese mundo de silencios, sufrimientos, angustias y dolor que habitaba en mi cabeza, que plasme negro sobre blanco y cuyo espíritu intacto queda ahora plasmado en una pantalla de televisión.

Si yo fuera Fernando Aramburu estaría muy contento por las interpretaciones que hacen Elena Irureta y Ane Gabarain de Bittori y Miren. No se me ocurre un retrato tan excelso y matizado de dos mujeres tan parecidas en el fondo y tan distanciadas por los hechos, que encarnan el reflejo de dos personas cuyo mundo ha caído a su alrededor, pero que aun así ejercen con determinación su jerarquía en la familia frente a todo y a todos.

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Si yo fuera Fernando Aramburu estaría muy contento con las interpretaciones que hacen José Ramón Soroiz y Mikel Laskurain de Txato y Joxian. Dos hombres buenos que también encarnan arquetipos de lo que cada uno se atreve o no a hacer en determinadas situaciones. Hombres a la sombra de la fuerza del matriarcado, juntos pero distanciados por el abismo de la verguenza, el remordimiento y el miedo.

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Si yo fuera Fernando Aramburu estaría muy contento por el paisaje, el tono y la ambientación que transmite la serie. Esa atmósfera húmeda, mortecina, esas casas, esos pueblos, las rutinas familiares, el paisaje íntimo, los sonidos de la radio, los pequeños actos domésticos. Todo en la serie rezuma verdad, como en el libro.

Pero yo creo que si fuera Fernando Aramburu de lo que más contento estaría sería de que se haya conseguido, también en la serie, lo que todo autor anhela, emocionar. Porque la serie, como el libro, se ve con un nudo en la garganta, con ese nudo que te rodea al ver el sufrimiento esteril, la crueldad en sus formas más íntimas y las vidas enterradas, unas bajo tierra, otras en vida. Un nudo en la garganta como el de esa serpiente rodeando un hacha, una serpiente que al fin parece haber muerto, pero que aun seguirá presente en muchos que no podrán recuperar lo que perdieron.

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El juicio de los 7 de Chicago

A pesar de que se trata sólo de la segunda película como director de Aaron Sorkin (la primera fue “Molly´s Game” en 2017) es indudable que cualquier proyecto relacionado con él concita un interés derivado de su papel de guionista en otras películas como “Algunos Hombres Buenos” (1992) o “La Red Social” (2010) o en series de televisión, muy especialmente “El Ala Oeste de la Casa Blanca” (1999-2006).

No me cabe duda que Aaron Sorkin es un tipo brillante que escribe unos diálogos perfectos para sus personajes y esta película es un buen ejemplo de ello. Sorkin aborda la historia de uno de los juicios más populares de la historia de Estados Unidos, donde siete personas fueron acusadas de conspiración por alentar manifestaciones contra la Guerra de Vietnam. Un tema interesante, donde la retórica, el mensaje y el contexto judicial deben hacer las delicias de un gran escritor.

Pre-Production on Aaron Sorkin's Trial of the Chicago 7 Shut Down /Film

Sorkin acomete con oficio el reto, pero poco más. Frente a la brillante retórica hay una ausencia total de emoción y empatía que hace que el film se siga con un máximo interés, pero a la vez con un absoluto desapasionamiento. Un film donde hay mucho cerebro pero muy poca alma.

Todo está bien, todo está en su sitio, pero todo resulta distante. Nada que decir de unos actores correctos pero algo rígidos (quizás destaque algo más que el resto Sacha Baron Cohen) que ponen voz a los hechos históricos y al guion de Sorkin.

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Otro problema es el tono de la película. No está muy claro hacia donde se dirige, una veces parece una peli de juicios, otra un drama político social, pero al final lo que más lugar ocupa es la parte de la sátira, lo que banaliza algo una historia de denuncia potencialmente fuerte y al mismo tiempo dificulta el camino a la emoción del espectador.

Con este tipo de material, y seguramente deambulando por caminos casi opuestos, directores como Oliver Stone o Steven Spielberg hubieran dotado de épica y emoción a la historia y a sus personajes, a los que Sorkin les ha escrito bellos e inteligentes diálogos, sobrados de brillantez pero ausentes de emotividad.

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Una pena, una de las películas más esperadas de este año, que sin llegar a defraudar queda muy por debajo de las expectativas, y es que son muy pocos los cineastas que poseen la capacidad de emocionar y estremecer. Esta historia lo tenía todo, pero su frialdad y la elección de un tono algo discutible, lo han truncado.