Patria. La serie

Si yo fuera Fernando Aramburu y acabase de terminar el último capítulo de la serie basado en su libro, creo que estaría muy contento. Son infinitos, y hasta cierto punto entendibles, los desencuentros existentes entre el autor o lector de una obra y los encargados de plasmar lo relatado en una pantalla. El autor muchas veces habla de la ausencia de fidelidad al espíritu de la obra, los lectores dirán que las situaciones y los personajes no son como ellos se habían imaginado y el cineasta se justificará diciendo que él también es un creador, libre de adaptar las situaciones como quiera y según se ajusten mejor o peor al trasladarlas a imágenes.

Creo que en este tipo de controversias todos llevan razón. Cada expresión artística tiene que tomar su camino propio. Pero quizás, en el caso de “Patria” hay connotaciones que deben cuidarse de excluir a nadie. Porque “Patria” no es solo un fenómeno editorial, probablemente el mayor de los últimos años, sino que además es una grandísima novela (algunas veces una cosa y otra no van unidas por lo que es pertinente enfatizarlo) que relata el mayor conflicto humano, ético y personal al que nos hemos enfrentado en este país. Por todo esto, y aunque normalmente no tendría que ser así, en este caso el respeto al argumento y a la idea que pretende transmitir su autor debe imponerse.

Si yo fuera Fernando Aramburu estaría muy contento, porque al terminar mi novela nunca podría haber imaginado que otras personas, que no tienen porqué tener la misma sensibilidad e ideas que las mías, pudieran reflejar de una manera tan excelsa y fidedigna ese mundo de silencios, sufrimientos, angustias y dolor que habitaba en mi cabeza, que plasme negro sobre blanco y cuyo espíritu intacto queda ahora plasmado en una pantalla de televisión.

Si yo fuera Fernando Aramburu estaría muy contento por las interpretaciones que hacen Elena Irureta y Ane Gabarain de Bittori y Miren. No se me ocurre un retrato tan excelso y matizado de dos mujeres tan parecidas en el fondo y tan distanciadas por los hechos, que encarnan el reflejo de dos personas cuyo mundo ha caído a su alrededor, pero que aun así ejercen con determinación su jerarquía en la familia frente a todo y a todos.

Patria ya tiene fecha de estreno: todo lo que sabemos de la serie de HBO -  AS.com

Si yo fuera Fernando Aramburu estaría muy contento con las interpretaciones que hacen José Ramón Soroiz y Mikel Laskurain de Txato y Joxian. Dos hombres buenos que también encarnan arquetipos de lo que cada uno se atreve o no a hacer en determinadas situaciones. Hombres a la sombra de la fuerza del matriarcado, juntos pero distanciados por el abismo de la verguenza, el remordimiento y el miedo.

El punto de no retorno de 'Patria': el asesino del Txato, culpa y silencio  de los cobardes

Si yo fuera Fernando Aramburu estaría muy contento por el paisaje, el tono y la ambientación que transmite la serie. Esa atmósfera húmeda, mortecina, esas casas, esos pueblos, las rutinas familiares, el paisaje íntimo, los sonidos de la radio, los pequeños actos domésticos. Todo en la serie rezuma verdad, como en el libro.

Pero yo creo que si fuera Fernando Aramburu de lo que más contento estaría sería de que se haya conseguido, también en la serie, lo que todo autor anhela, emocionar. Porque la serie, como el libro, se ve con un nudo en la garganta, con ese nudo que te rodea al ver el sufrimiento esteril, la crueldad en sus formas más íntimas y las vidas enterradas, unas bajo tierra, otras en vida. Un nudo en la garganta como el de esa serpiente rodeando un hacha, una serpiente que al fin parece haber muerto, pero que aun seguirá presente en muchos que no podrán recuperar lo que perdieron.

Las distintas familias de 'Patria', la serie española del momento en HBO

We Are Who We Are

La primera incursión del director italiano Luca Guadagnino en una serie de ficción televisiva, debe considerarse como un acontecimiento de gran interés. Se trata de un director que a pesar de su no muy extensa filmografía, ha conseguido impactar con “Yo soy el amor” (2009) y “Call me by your name” (2017), interesar con “Cegados por el sol” (2015) y, porqué no decirlo, provocar indiferencia con el innecesario remake de “Suspiria” (2018).

Sin embargo, y si nos ceñimos a los buenos momentos “guadagninianos”, esta serie parece entroncar en parte con esa maravilla contemporánea que es “Call me by your name”. Quizás no alcanza su calidad y emoción, pero sí que creo que es una propuesta que aunque desigual, resulta interesante y estimulante.

New HBO Series "We Are Who We Are" Follows Teens Exploring Their Identity -  The New York Times

Guadagnino nos lleva a una base norteamericana situada cerca de Venecia y nos muestra la cotidianidad de la misma, centrándose muy especialmente en un grupo de jóvenes, adolescentes, que conforman un retablo de sensaciones, dudas, vivencias en esa época tan delicada de la vida donde todo sentimiento es extremo, la incertidumbre por el futuro acecha y aun no está claro que lugar te corresponderá en la vida.

El primer elemento, todo un acierto por su originalidad y frescura, es el escenario. El contexto en el que se mueve la acción nos introduce en la rutina de una base norteamericana, una especie de mundo paralelo, de satélite artificial de Norteamérica con sus supermercados y restaurantes de comida rápida extraidos de la metrópoli, y que aquí resultan algo artificiosos e impostados en ese intento de crear una burbuja fotocopiada del tópico del american way of life.

Por otro lado, está la cotidianidad de ese grupo de adolescentes, llevada con un naturalismo tan extremo que genera grandes momentos de verdad. La vacuidad unas veces y la intensidad emocional incontrolada otras, nos hacen partícipes de un fresco de la vida misma, unas veces apasionante, otras deconcertante, algunas aburrido. No hay una narrativa clara, tan solo un ver pasar el desenvolvimiento cotidiano y acompañarles en su viaje hacia la búsqueda vital de lo que quieren ser.

Alrededor de estos adolescentes, los adultos. Militares que enebran alguna subtrama pero con un rol secundario y sometido al devenir de unos jóvenes que viven en otro universo paralelo que apenas sus padres atisban aunque también ellos nos muestran sus propios demonios personales que sobresaltan su existencia.

We are who we are: ¿la secuela televisiva de 'Call me by your name' en HBO?  | Serielistas

Por último, la pareja donde se acaba dirigiendo el foco y protagonista de una serie que apunta a coral pero que acaba centrada en estos dos personajes. Jack Dylan Grazer y Jordan Kristine Seamón. Él, extremo, sin filtro, radical, antipático en muchos de sus comportamientos, pero al mismo tiempo con una fuerte personalidad. Ella, con un físico especial, en apariencia dulce y de extrema sensibilidad, pero que busca con tenacidad su lugar y es capaz de hacer lo que haga falta para encontarla. Dos jóvenes, dos adolescentes, perdidos y desubicados, que se buscan de diferentes maneras y que convergen en el anhelo íntimo por encontrar un lugar en el mundo que todavía no saben cual es y que les hace estrellas errantes en un entorno que en muchos aspectos les resulta ajeno.

El proceso creativo de Luca Guadagnino para hacer la serie de HBO, 'We are  who we are'

Todo ello se nos muestra, como ya he dicho, con un verismo y naturalismo extremos que unas veces impacta y otras lastra el desarrollo de una historia que no tiene un trama en sí misma sino que es el fresco de un momento vital en un enclave poco convencional. En cualquier caso el director nos da también algunas muestras de audacia visual y formal que le dan un sello de identidad propia a la serie y algún momento de intimismo y belleza sobrecogedores.

Ver la vida pasar, sentir curiosidad por la dirección que toman unos jóvenes, asistir a momentos que son pura verdad y dejarse llevar sin ideas preconcebidas y sin buscar nada concreto. Estas son las señas diferenciadoras y la actitud para ver una serie no redonda pero si especial, oscura unas veces y luminosa otras.

Antidisturbios

Comienzo esta crítica reconociendo que he tenido que dejar pasar unos días para enfrentarme al análisis de una serie que me ha tocado fuerte. Una serie que apela tanto al intelecto como al alma del espectador, un puñetazo en el estómago que te deja varias veces sin aliento y un drama tan poderoso como profundo que nos muestra un retablo portentoso del comportamiento humano.

Un título como “Antidisturbios” y una trama cuya sinopsis se reduciría seguir a las peripecias de un grupo de policías tras un hecho desgraciado que se produce en el primer episodio, no me hacía vislumbrar la posibilidad de experimentar un gran entusiasmo.

Pero el hecho de que el creador de la serie fuera Rodrigo Sorogoyen (aquí junto a Isabel Peña) ya implicaba un sello de acreditada calidad. Pocos, quizás nadie, rueda en España con el brío de este director. Recuerdo como hace ya años y casi por casualidad, vi su primera película en solitario, “Stockholm” (2013), que me dejó absolutamente arrebatado y que me generó el interés por cada uno de los proyectos posteriores de Sorogoyen que aun cambiando radicalmente de estilo y tono respecto a su opera prima, se siguió revelando como un director muy potente. Primero obsequiándonos con un notábilísimo thriller “Que Dios nos perdone” (2016), dando luego un paso más en la tensión inmersiva y trepidante con “El reino” (2018), para dejarme noqueado con su corto “Madre” (2017) y algo desconcertado con su secuela en forma de largometraje en 2019.

Serie 'Antidisturbios': Un furgón policial en el infierno | Cultura | EL  PAÍS

Sin embargo, lo que hace Sorogoyen en “Antidisturbios” es un salto mortal desde la atalaya ya muy elevada de su carrera. Quizás suene algo desmesurado decirlo, pero es posible que “Antidisturbios” sea la mejor serie de ficción española de todos los tiempos y está a la altura de cualquiera de las grandes series internacionales que se han hecho en los últimos años.

Si el cine, las series, la ficción en general, tienen como máxima aspiración generar emoción en el espectador, Sorogoyen lo hace. Pero además, lo hace desde la propia narrativa del medio, no dependiendo en exclusiva, como en la mayoría de las ocasiones, de un material o soporte literario. Es la propia fuerza de sus imágenes, el ritmo, el tono, la sensación de verdad de lo que está pasando y como sumerge al espectador en las situaciones, lo que da a este drama una identidad propia y una personalidad única.

Cuando todo es tan bueno, destacar algo cuesta, pero si tuviera que hacerlo, me quedaría con las extraordinarias escenas de tensión inmersiva que se nos muestran cada vez que el equipo de antidisturbios entra en acción. Antológica la primera secuencia del deshaucio y para los anales de la historia la pesadilla que se desarrolla en los alrededores del Santiago Bernabeu. Sinceramente, no he visto nada igual, y ahora mi cabeza alberga algunas imágenes que soy incapaz de sacudirme.

Antidisturbios' (2020) crítica: la serie de Rodrigo Sorogoyen e Isabel Peña  para Movistar+ es una demostración de poderío y alta tensión

Pero al mismo nivel está la historia de amistad, compañerismo y lealtades sometidas a situaciones de presión límites. Hombres fuertes con derecho a ejercer la violencia legítima en su trabajo porque el sistema les ha dotado de ese poder, pero que a la vez son en cierto modo víctimas de ese mismo sistema que los usa como un eslabón en la maquinaria para conseguir objetivos no siempre honestos.

El retrato psicológico de los personajes es extraordinario porque todos destilan verdad y todos se nos muestran con personalidades y roles que hemos visto a nuestro alrededor y que incluso en alguna ocasión hemos ejercido en nuestra relación con los demás. Todos tienen sus razones y reaccionan en base a unas motivaciones, pero en el fondo se deben a un grupo de personas con las que comparten unas experiencias límites que ni la familia puede traspasar. Destacar algún personaje o interpretación sobre otra sería injusto, todos están excelentes desde su diversidad tanto en las características del personaje como en su perfil interpretativo. Los actores están superlativos y su trabajo queda condensado en la larga secuencia (un prodigio técnico y actoral) de la cena, que comprime en unos minutos todos los estados de ánimo, relaciones, idiosincrasia y las diferentes respuestas ante su situación. Una especie de puzzle donde las piezas saltan en un momento para volverse a recomponer poco después. La amistad y el conflicto se entremezclan y vemos como unos hombres sentados alrededor de una mesa pueden generar más tensión y fuerza que la más ambiciosa escena de acción trepidante, lo que lo conecta en cierta medida con los mejores momentos del cine de Tarantino.

Antidisturbios' es el mejor thriller seriéfilo del año

Por último, como no puede ser de otra manera, hay una trama que ensambla el desarrollo de la serie. La labor policial del grupo de asuntos internos y la alta corrupción, convergen con las acciones de los antidisturbios, tomando como eje central a una policía interpretada por Vicki Luengo compleja e imprevisible, terca y sin escrúpulos. Aquí también hay un manejo del ritmo y de las situaciones portentoso. Hay secuencias de interrogatorios extraordinarias, y otras de una gran tensión relacionadas con las escuchas o el asalto de un piso. En general, una estructura narrativa y una evolución de los personajes a los que acompañas en sus cambios y sus giros, y que se ven arrastrados por los hechos que se van generando a su alredededor.

Mas que la experiencia de sentarte a ver una serie en una butaca frente al televisor, el visionado de “Antidisturbios” se aproxima al de una gran ola que se te lleva por delante emocionalmente, que te ahoga, y que paradójicamente te hace disfrutar a traves de la tensión y el sufrimiento. Lo que sí puedo asegurar al que la vea, es que sus imágenes y personajes les van a acompañar durante mucho tiempo.

El tercer día

Recuerdo hace unos años, la satisfacción que me produjo iniciar una serie casi por casualidad y sin haber oído nada sobre ella. Se trataba de “Utopía” (2013) y creo que aun a día de hoy, si alguien me preguntara por los mejores inicios de una serie o por los capítulos concretos que más me han impactado en una ficción televisiva, el inicio de “Utopía”, sobre todo su primer episodio, formaría parte de los mejores recuerdos seriefilos que tengo. Ciertamente no pudo mantener tan excelso nivel (eso solo lo ha conseguido “Chernobyl” y pocos más) pero sí mantuvo el suficiente para que su primera temporada resultara satisfactoria, decayendo, eso sí, en una segunda temporada que apenas tenía destellos de la anterior.

Pues bien, recientemente HBO ha estrenado una serie del creador de “Utopía” Dennis Kelly, y además lo hacía con una ambición y medios mayores (uno de los productores es Brad Pitt), con actores tan contrastados como Jude Law, Emily Watson o Paddy Considine, con un envoltorio visual poderoso y un argumento a priori interesante e inquietante.

El tercer día', la serie del creador de 'Utopía', deja ver un sugerente  tráiler | by Valentina Morillo | Fuera de Series

La serie trata la peripecia personal de un hombre que llega una misteriosa isla de difícil y limitado acceso, donde vive una extraña comunidad, a la que el protagonista parece sentirse atraído y que le conecta con un traumático hecho de su pasado.

El inicio de la serie mantiene cierto nivel, aunque enseguida percibimos de una manera más o menos explícita, resonancias de otras historias que ya hemos visto. La más evidente “El hombre de mimbre” (1973), película británica de culto con una base argumental y atmósfera muy similar a la que muestra la serie. Pero también otras como “¿Quien puede matar a un niño?” (1976) de Narciso Ibañez Serrador e incluso en un ámbito más de fondo “El ángel exterminador” (1962) de Luis Buñuel.

Ojalá hasta aquí hubieran llegado los inconvenientes, ya que aun existiendo estos anclajes, las influencias son tan potentes y de tanta calidad, que un producto final que se aproximase a la angustia y desconcierto que transmiten resultaría más que interesante. Pero el problema es que vista la serie, lo antes expuesto no es más que una declaración de principios que se esfuma rápidamente. Este argumento, relativamente atractivo, aguanta lo que aguanta, tan sólo la expectativa incumplida de un desarrollo que esperas que te lleve a la resolución de un enigma a través de una trama llena de intriga, tensión y desasosiego.

La serie naufraga (nunca mejor dicho tratándose de una isla), y peor aun, a diferencia de “Utopía”, apenas muestra destello alguno de maestría o emoción. Lo que empieza viéndose con moderado interés y cierta inquietud, acaba desembocando en un sinsentido que deriva en el ridículo.

El propio planteamiento acaba resultando fallido, y frente a la tensión y desasosiego que promete, acaba deambulando por los territorios del desinterés, que en los ultimos episodios se entremezclan con aburrimiento y un desconcierto tanto en el argumento como en las propias interpretaciones (la caracterizacción e interpretación de Jude Law es ridícula y le planicie dramática de Naomi Harris en alguna escena heladora) todo ello aderezado con secuencias fuera de toda lógica.

Un triste y confuso ejercicio de intriga que mezcla lo real y lo fantástico, no acertartando con solvencia en ninguno de los dos ámbitos. Una serie que se va diluyendo capítulo a capítulo, que acaba cayendo en momentos de quietud y sopor repetitivos y que deriva en una especie de pastiche de elementos fallidos que no llevan a ningún lado y que acaban generando situaciones absurdas y resoluciones inverosímiles. Una pena.

Watchmen

Hablar de “Watchmen”, es hacerlo de una de las series más premiadas y valoradas de este año. Quizás la miniserie de referencia de esta temporada. Su creador, Damon Lindelof (“Perdidos” y “The Leftlovers”), hace una interpretación al parecer libre (yo no lo he leído) del cómic de culto de Alan Moore, que presenta una versión, digamos que alternativa, del trillado mundo de los superhéroes a los que aquí sitúa en complejas encrucijadas históricas y políticas.

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El primer adjetivo que me viene a la cabeza tras ver esta serie es “desconcertante”. Efectivamente, se trata de la adaptación de un comic y estamos en el universo de los superhéroes, lo cual a priori nos coloca en el entorno maisntream. Pero bajo esa premisa comercial muy a la moda, se nos ofrece un producto no del todo fácil. Una serie que por momentos llega a resultar inescrutable y a veces inaprensible, que mantiene su fascinación, y que está plagada de momentos brillantes, hipnóticos y adictivos, aunque no sepas muy bien a donde te llevan.

“Watchmen” es una especie de puzzle espacio temporal muy sofisticado que solo muy al final empiezas a completar, y no del todo. Pero es tan brillante su puesta en escena y tan impecable su realización, que todas esas piezas por separado nos fascinan igualmente aunque no termines de encajarlas bien.

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Podríamos decir que “Watchmen” es una serie de superhéroes de arte y ensayo. La trasposición de un cómic de autor, en un universo visual de narrativa algo compleja. A veces recuerda a los Batman de Cristopher Nolan como reformulación de un tipo de cine superficial y de puro entretenimiento que aquí se nos presenta en forma de alambicado mecanismo generador de múltiples lecturas.

De ahí que en cierta manera me sorprenda su éxito y su reconocimiento. No sé muy bien donde situar esta ficción, ya que aunque el artefacto donde navega resulta espectacular y el mimo y cuidado en los detalles impecable, es demasiado críptica para que pueda haber llegado a las masas con un veredicto tan unánime.

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Hay una gran puesta en escena, ciencia ficción, hay drama, incluso algo de melodrama, también hay terror, tensión, surrealismo, algo de humor,…..y sale Jeremy Irons. Por todo ello, aunque no creo que la vaya a colocar en el altar de mis series favoritas, sí que considero que todo el mundo debería saborear un plato con tantos sabores y matices en cada bocado. Luego, quizás, tras verla, reflexionar sobre ella, buscar diversas lecturas, filosofar con su mensaje, ……o hacer como yo, sentirse moderadamente satisfecho, disfrutarla sin mas, pero tampoco buscarle esa supuesta transcendencia que creo que en el fondo no tiene, y que quizás solo encuentren los muy fanáticos del cómic original. Porque al fin y al cabo, si entretiene e interesa, y lo hace de forma algo diferente a lo habitual, no hace falta ir más allá, ni creo que esta serie te deba de llevar a ningún lado, ni revelarte ningún mensaje de envergadura.

Cuando el polvo se asienta

Filmin lo ha vuelto a hacer. Tengo que reafirmarme en la idea de que es la mejor plataforma y lo hace a base de calidad y variedad. En mi último artículo hablaba de la serie “El Colapso” y sobre la posibilidad de que fuese la serie del año. Yo apostaba porque sí que podía ser, pero claro, es que aun no había visto esta obra catedralicia también en Filmin, que es “Cuando el polvo se asienta”, una serie magna, una auténtica obra maestra.

Podemos establecer en estas dos grandes series un punto de complementariedad. Ambas toman como eje un momento traumático, de ruptura y sobre este establecen un discurso. “El Colapso” es sin duda más rompedora y apocalíptica con unos episodios frenéticos que son puro impacto y que afectan a toda la sociedad. En el caso de “Cuando el polvo se asienta” lo hace desde una narrativa de corte más convencional, que apela a un grupo de individuos en concreto, en un contexto vital donde la vida continúa como siempre, salvo para ellos, que viven un hecho extremo y que son retratados con una profundidad que realmente acaba demoliendo y calando en el espectador.

La serie entrelaza la vida de un grupo de personajes en Copenhague, que de una u otra manera, se van a ver afectados por un cruel atentado terrorista en un restaurante de la ciudad. Desde el inicio se siguen las vidas, la cotidianidad de estas personas, muy diferentes entre ellas, sin ocultarnos a través de pequeños fogonazos que esas vidas van a sufrir un cambio radical debido al atentado.

Amor, pareja, maternidad, poder, marginalidad, vejez, familia, infancia…. la vida misma, se nos presenta reflejada en unos personajes muy diferentes que afrontarán el dolor y las consecuencias de lo que les va a venir, cada uno a su manera, deambulando por caminos particulares y enfrentándose de forma muy distinta.

El giro, el atentado ya anunciado, se produce en mitad de la serie, y a pesar de que tenemos ya una idea de lo que va a ocurrir, la secuencia es de un impacto casi insoportable donde el tiempo se hace eterno. Creo que se puede decir que nos encontramos ante uno de los mejores capítulos (el quinto) de la historia de las series televisivas. Ni enfatiza, ni esconde un hecho terrible mostrado con naturalismo y máxima verosimilitud.

A partir de ahí todo cambia, en una vida que aparentemente sigue igual, pero que ya no será la misma. Tras esto las reacciones de odio o egoísmo se entrelazan con la búsqueda de un significado a la vida que llevamos, la idoneidad de quienes nos rodean o la necesidad de hacer lo correcto y encarar el futuro. Todos sufren una transformación y todos encuentran una forma de avanzar con la ayuda de otras vidas que se cruzan debido al atentado y que acercan a personas muy diferentes unidas por un hecho tan traumático.

El gran acierto es que todas las historias que se entrelazan y se cruzan, sobre ocho personajes principales, tienen entidad propia y se desarrollan cada una, con fuerza desgarradora alejándonos del efectismo habitual y llevándonos poco a poco de las tinieblas a un horizonte extrañamente luminoso.

Una grandísima serie, danesa (lo que parece ya un sello de calidad viendo las toneladas de calidad audiovisual que atesora un país tan pequeño) que se te va metiendo dentro, que impacta y estremece desde su humanismo y cotidianidad. Un reflejo de nosotros mismos, de nuestros miedos y anhelos y la tremenda soledad cuando hay que encarar un hecho determinante como es la posibilidad de morir. Ante esto, da igual nuestra procedencia, nuestras ideas, o nuestra clase social, ante eso todos estamos solos.

El colapso

Filmin, acaba de estrenar una miniserie precedida por un sinfín de opiniones entusiastas. Hasta hace un mes no había oído hablar de ella, pero soy suscriptor de Filmin, sigo en Twiter a su fundador Jaume Ripoll, cuyo criterio y buen gusto tengo acreditado, y que el 4 de junio escribió lo siguiente “Muchos meses negociando y al fin se puede anunciar: en julio estrenaremos la mejor serie del año, El Colapso”.

Mi fe en Filmin es inquebrantable, y algún día dedicaré un artículo entero a enumerar las razones por las cuales, desde casi cualquier punto de vista, Filmin es mucho mejor que Netflix, HBO o Amazon Prime Video (a las que también estoy suscrito). Pero hoy me ocupa hablar de esta serie, y al leer ese tweet, dos luces rojas se encendieron en mi cabeza. La primera, la rotundidad de una afirmación hecha por el responsable de una plataforma con miles de películas y series. La segunda, como narices no había oído hablar de esta serie.

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A partir de ahí fui contando los días aguardando su estreno, y mientras esperaba, observé como en medios de comunicación especializados empezaba a haber cierto run run de expectación por una serie que sin lugar a dudas parecía que estaba en el radar de mucho cinéfilo profesional. Además como remate, casi ya a punto de estrenarse, observo que en la marquesina de la parada de autobús más cercana a mi casa hay un cartel de la serie, algo que proviniendo de Filmin, ya os digo que no es nada habitual.

Pues bien, acabo de terminar de verla, y el único motivo por el que no puedo asegurar que sea la mejor serie del año, es porque aun no ha terminado el año. Lo que sí puedo asegurar es que “El colapso” es más que una serie, es una forma audaz de ficción tanto en su planteamiento, como en su fondo y su forma. Un puñetazo en el estómago de un espectador que se siente inmerso en una ficción que ya no puede ver como tal, porque nuestras vidas parecen entremezclarse en una trama que quizás hace un año podría resultar apocalíptica, pero que hoy sentimos posibilista.

La serie nos muestra, en 8 episodios independientes, las consecuencias que sobre la sociedad y sus ciudadanos tiene el colapso del sistema, y la desesperación y reacciones que provoca en la gente la caída del orden establecido.

La serie no pretende aleccionar, no hay villanos y no quedan claras las causas de la quiebra del sistema. Se centra en las peripecias de personas obligadas a subsistir en una situación para la que no están preparadas y que les obligan a tomar decisiones que alternan un sacrificio y altruismos máximos, con el más que comprensible instinto personal de supervivencia.

La serie empieza con un inquietante episodio en un supermercado que ya nos anuncia que las cosas no van bien, aunque no parecen del todo descontroladas. Descontrol al que asistimos en un segundo episodio, el de la gasolinera, el más corto, pero magnífico, ya que en apenas un cuarto de hora nos somete a una tensión extrema con una brillantez que pocas veces he visto, y que traslada el protagonismo y el rol de buenos o malos alternativamente a tres grupos de personas que pasan por diferentes estados y son vistas de forma diferente por el espectador casi a cada minuto. El tercer capítulo, el aeródromo, ya establece una línea divisoria de clase que se repetirá más adelante y que da más posibilidades a unos que a otros, un episodio trepidante y emocionante que deja sin respiración. En el cuarto, la aldea, la situación ya parece asumida, y las nuevas estructuras organizativas empiezan a florecer como única alternativa al caos. El quinto, la central, una consecuencia del colapso y ejemplo del sacrificio de los que saben que no pueden evitar la catástrofe, pero aun así se mantienen en su puesto. Situación que tiene su continuación en el sexto episodio, la residencia, que humaniza al anterior y que rompe la baraja respecto a las posibilidades de cumplir una responsabilidad cuando todo se desmorona a tu alrededor, llevando al extremo la moralidad y generosidad de los seres humanos. El séptimo vuelve a redundar sobre las cuestiones de clase, pero lo hace en forma de episodio de acción frenética, sin apenas discurso, todo es pura lucha por la superviviencia y emoción trepidante de la que muchas cintas hollywoodienses deberían aprender por su ritmo. Por último, el episodio final es un epílogo y a la vez preámbulo, que abre y cierra de forma insospechada una historia que plantea muchas preguntas, pero carece de respuestas tranquilizadoras.

La ansiedad, emoción y vértigo que me han producido estos 8 capítulos, solo son comparables a las mejores ficciones televisivas que he visto. Pero además en este caso, es imposible no sentirte concernido por unas situaciones que te ponen frente a un espejo y que te obligan a decidir como espectador si son o no justificables las acciones que acometen los personajes, y que tras la actual pandemia, ya no fabulas, sino que temes.

Episodios como el de la gasolinera, la residencia de ancianos, el aeródromo, alcanzan cotas de virtuosismo dentro de una serie que sobrecoge y te deja noqueado. A esto ayuda ese recurso del plano secuencia que casi siempre es usado, mas como una pose o un lucimiento a gloria del director, que como una necesidad narrativa. Aquí sí que parece pertinente esta forma de rodar, hecha con un virtuosismo tal, que no solo no entorpece la acción sino que es pertinente con el ritmo de la serie y lo que busca transmitir.

No hay palabras para una serie diferente, que apela a la reacción del espectador y que deja de lado la razón para dirigirse directamente a nuestra alma. Visceral, trepidante, especial, no he visto que forma y fondo vuelen a niveles tan altos en una ficción. Una serie única e incomparable que ya ocupa un lugar en el Olimpo de la ficción televisiva y en la psique del espectador que ha tenido la fortuna de verla, sufrirla y a la vez disfrutarla. Una serie llena de matices, plagada de hallazgos y que permite múltiples lecturas. Una historia que te acompañará durante mucho tiempo y una ficción que esperemos no tener que vivir.

The Eddy

Netflix acaba de estrenar una de las series más interesantes y atípicas que uno puede encontrar en su catálogo. Interesante, porque uno de sus creadores y directores es el talentoso Damien Chazelle con películas extraordinarias en su haber como “Whiplash”, “La la land” o “First Man”. Atípico porque lo hace en el marco de una producción muy europea desarrollada en París y un tanto alejada del tono de cualquier las producción norteamericana o mainstream.

“The Eddy” son muchas cosas, la primera por supuesto, el nombre del club de jazz eje, junto a su dueño, de toda la trama de la historia. Pero digo que es muchas cosas porque intercala multitud de caminos dramáticos que hacen que la ficción resulte unas veces primorosa, otras poco convincente, aunque casi siempre mantiene un aroma especial.

Se trata de una serie con la que es fácil encariñarte ya que narra la peripecia vital y la ambición sana de un grupo de personas que aman la música, que se refugian y buscan su lugar en el mundo a través de esta, y que solo encuentran su sitio cuando tocan.

“The Eddy” es esperanza, pero sobre todo es música, y las interpretaciones de los temas, la actuación naturalista de auténticos músicos y el ambiente hiperrealista en el que se mueven, genera una empatía por unos personajes incapaces a veces de afrontar el lado oscuro de la realidad y de tomar las decisiones adecuadas en el mundo real y que solo son capaces de desenvolverse y de ser ellos mismos cuando están encima de un escenario.

Quizás sí podamos encontrar algunos problemas cuando la acción abandona la música y el ambiente nocturno del club. Algo desordenada y no muy bien rematada es la parte delincuencial de la serie. El desarrollo de la acción no queda bien ensamblado cuando entran matones, falsificadores o grupos criminales en la trama, que ahí deambula por ámbitos de menor credibilidad y donde a veces las reacciones y situaciones no parecen lo suficientemente bien desarrolladas, ni del todo verosímiles.

También pongo en el debe a su protagonista, Andre Holland, que no puedo decir que esté mal, pero que sí creo que tiene una interpretación a veces algo plana y falta de energía. Sin embargo el resto están estupendos, empezando por Joanna Kulig, que ya nos dejó en shock con su papel en “Cold War” y que se nos muestra como un torrente lleno de fuerza y sensibilidad al mismo tiempo.

Unido a todo esto hay un buen retrato de la diversidad cultural francesa y un aire de cine social donde el contexto personal, económico y las relaciones entre los protagonistas se engarzan en un fresco veraz y bien elaborado, donde también se mezcla el amor, la búsqueda de uno mismo y las relaciones padre-hija.

Hay un especial cuidado en las actuaciones musicales, rodadas con autenticidad y sensibilidad donde escuchamos grandes temas, que que para mi son sin duda lo mejor de la serie. Junto a esto, hay una parte más cruda, mas social que podrían haber firmado Ken Loach o los hermanos Dardenne mezclada con un enfoque mas naturalista, espontáneo y callejero muy afecto a la nouvelle vague.

Quizás esta diversidad de caminos que pretende trazar, sea su handicap, ya que no todos están recorridos con igual brillantez. Puede parecer que pretenda abarcar demasiado y a veces desconcierta el desarrollo de la trama. Música, crimen, relaciones familiares, amor, drama social, etc quizás sea ambicionar en exceso. Pero en cualquier caso me quedo con ese tono un tanto libertario, soñador y con las propiedades benéficas de una música de jazz estupenda, que suspende el tiempo cada vez que se nos muestra y es a la vez el refugio de unos personajes y un placer para el espectador.

ZeroZeroZero

Esta serie que emite Amazon Prime, está basada en un libro de Roberto Saviano, un escritor y periodista cuya obra ha convertido su vida en un confinamiento permanente. Las represalias que a raíz de su libro “Gomorra” amenaza con ejercer la Camorra sobre él, certifican la veracidad de su narración y su compromiso con la verdad.

No he tenido oportunidad de leer “Gomorra” (algo que debo corregir de inmediato), ni de ver su versión televisiva ni cinematográfica, con lo cual me adentro por primera vez en el mundo del autor y de las profundidades de la mafia que describe, que en esta ocasión se ciñen al tráfico de cocaína.

Por tanto, aun no pudiendo valorar la obra de Savianno, un tipo que se expone personalmente de esta manera merece mi admiración previa, y si además el pulso de su literatura fuera un fiel reflejo de lo que veo en esta serie, mi admiración sería aun mayor, ya que se trata de una de las mejores ficciones televisivas que he visto en los últimos tiempos.

Todo en ella ya hacía presumir antes de verla que podríamos estar ante una ficción de envergadura. Ya me he referido a Savianno, pero es que además la trama tiene todas las premisas para resultar extremadamente adictiva (perdón por la broma), y si a esto le sumamos la participación de 3 directores muy interesantes como Steffano Sollima (“Gomorra”, “Sicario” o “Suburra”), Janus Metz (“Borg McEnroe. La película”) y Pablo Trapero (“El Clan”) y el sello de calidad que es que te la recomiende el programa de tve “Días de Cine”, creo que uno no podría ir con expectativas más altas de disfrutarla.

Muchas veces poner el listón tan alto es anuncio de decepción. Otras tantas el trabajo de campo, si está bien hecho, debe acercarte a las expectativas de lo que ves. Pero de tarde en tarde el entusiasmo previo es superado llegando a una excelencia aun mayor de la prevista. Pues bien, “ZeroZeroZero” pertenece a la última categoría, ya que se trata de una serie de máximo nivel que juega en la división de otras obras maestras de la televisión contemporánea como “Chernobyl”.

El argumento de la serie está magistralmente estructurado en tres subtramas que se van alternando y finalmente entrelazando en una historia que toma como base el viaje de un cargamento de cocaína de América del Sur a Italia. Por un lado la guerra de los carteles mexicanos por el control del tráfico de droga. Por otro la lucha de poderes dentro de la mafia italiana cuyo líder depende en buena parte de ese cargamento para mantener su poder. En medio dos hermanos norteamericanos son los encargados de llevar el cargamento a través de su naviera.

No obstante el viaje del cargamento, siendo el eje sobre el que circula toda la trama, no deja de tener un punto “MacGuffin” (usando vocabulario hitchcockiano) osea, esa excusa que articula todo pero que en si no es lo principal que se quiere narrar. Lo que la serie quiere mostrar es una deriva de ambición, poder y dinero que transgreden todos los ámbitos morales y convierten a sus protagonistas en piezas de un puzzle diábolico donde no hay buenos, sino ambiciones que pudren por dentro y que se anteponen a la amistad o la propia familia.

Desde el primer momento el nivel de tensión es altísimo, todo es oscuridad y emoción y uno queda atrapado en una trama absorbente que te deja sin aliento. La cuestión es que a mitad de la serie reflexioné sobre la imposibilidad de que esta mantuviera un nivel tan alto durante la totalidad de la misma, pero me equivoqué, lo mantiene de principio a fin, su nivel nunca decae, consigue lo que parece imposible, 8 episodios en el entorno de una hora de duración que te dejan sin respiración.

La serie tiene una factura impecable y las secuencias de acción e intriga mantienen unos niveles excelsos de emoción y tensión. No puedes parar de verla y el malestar y desasosiego es constante gracias al otro elemento sobresaliente de la trama unos grandiosos personajes con una peculiaridad especial, todos son malos.

Asistimos a un argumento con 3 tramas diferenciadas. La de los carteles mexicanos, es sin lugar a dudas la más sombría y deshumanizada, transgrediendo todas las barreras morales y mostrando de forma seca y cruda una deriva a los infiernos, cuyo rostro principal es el personajes interpretado por el aquí excelso Harold Torres, que compone un relato terrorífico y trágico en su hierático rostro.

Por otro lado está la parte de la mafia calabresa en la que el capo D.Minu ejerce su poder y contra el que se tejen todo tipo de conspiraciones. El capo mantiene su posición desde una aparente situación de fragilidad y aislamiento, pero conserva intacto un poder implacable con quien le haga frente.

Por último los transportistas, uno pareja de hermanos norteamericanos (impecablemente interpretados por Andrea Riseborough y Dane DeHaan) que son quienes corren la aventura de llevar el cargamento sobreponiéndose a traiciones y situaciones de extrema violencia. Es el único ámbito de empatía con alguno de los protagonistas de la serie por la situación de uno de ellos, y su aventura nos deja en algunas fases sin aliento en una odisea tan épica como enfermiza por llegar a su objetivo.

Una galería de malos, sin escrúpulos, que anteponen la ambición y el dinero a cualquier otro valor, donde los personajes buenos son apenas unos pocos secundarios, víctimas inocentes y daños colaterales de los auténticos protagonistas, que no se detienen ante nada.

Magistral, excepcional, un puzzle perfectamente ensamblado, un cuento atroz tan emocionante, como terrorífico, una obra maestra oscura y siniestra que te deja sobrecogido, capaz de generar múltiples lecturas y que seguirás evocando tiempo después de haberla visto.

Mrs. America

Este año 2020, HBO ha estrenado una miniserie que a priori cuenta con dos grandes alicientes.

Por un lado, un nombre y apellidos, Cate Blanchett, su protagonista, cuya mera presencia en cualquier producción, y mas si es en una serie de televisión, medio donde apenas se ha prodigado, es un acontecimiento por el estatus que ostenta la actriz en este momento.

Por otro lado está el tema que trata, asentado sobre la verdadera historia del movimiento feminista norteamericano por ratificar la Enmienda de Igualdad de Derechos (ERA) en todos los Estados de EEUU y la oposición de una mujer, Phyllis Schafly (interpretada por Cate Blanchett) que lideró un grupo de mujeres en contra de esa ratificación.

La serie efectivamente ofrece lo que dice, el protagonismo de Cate Blanchett y una trama muy fidedigna e ilustrativa de los hechos. Pero habría que plantearse si ambas premisas están a la altura de las expectativas, y he de decir que aunque cuentan con mi aprobado, están alejadas del sobresaliente.

Empezando por el inicio, los títulos de crédito. Creo que son estos y su música lo que más me gusta y más tiempo me acompañará en mi recuerdo de la serie. Dinámicos, vistosos, y con un improbable acompañamiento musical que funciona muy bien, una estupenda versión moderna y rockera de la quinta sinfonía de Beethoven (y eso que normalmente no soy muy partidario de este tipo de mezclas).

Se que haciendo este halago, estoy empezando a enterrar algo del entusiasmo inicial que podría despertar la serie, ya que decir que lo mejor de esta son sus títulos de crédito, no parece muy entusiasmante. Realmente es cierto que me ha decepcionado un poco, sobre todo si la ponemos en línea a sus expectativas, pero aun así creo que es interesante, y el hecho de ser una serie cerrada de nueve episodios hace que no estemos gastando un tiempo excesivo en su visionado.

Por un lado está la cuestión Blanchett. Realmente no podemos decir que la actriz australiana esté mal, creo que interpreta con solvencia un personaje, pero que este, por su hieratismo y contención, tampoco permite un gran lucimiento. Al fin y al cabo se trata de ponerse en la piel de alguien nada emocional, sin apenas debate interior, con un autocontrol extremo y que intenta proyectar siempre la misma imagen recta de si misma.

Al mismo tiempo, siendo Blanchett la protagonista, no lleva totalmente el peso de la serie, hay un reparto coral con otras actrices que también destacan y que tienen sus momentos álgidos en la trama. Me gustan especialmente Rose Byrne, Sarah Paulson, Tracy Ullman y Margo Martindale, y como contrapunto masculino a un reparto casi pleno femenino, destacaría a John Slattery como marido de la protagonista.

Quizás donde tengo más dudas es en la trama en si, y en dos aspectos en concreto. Creo que los creadores de la serie cuentan con que exista una base de conocimiento de lo que ocurrió con la Enmienda, y una familiaridad con cada uno de los roles de los que protagonizaron esa cuestión. Esa presunción es errónea, no es un acontecimiento tan universal como para dar por hecho su conocimiento. Aun así, y en segundo lugar, una historia bien contada, aunque no sea previamente conocida por el espectador, debería quedar clara y diáfana si el guion y la estructura son buenos. Pero esto no ocurre, la serie da muchas cosas por sabidas, muchos personajes por ya conocidos y muchas situaciones por familiares, y en mi caso, aunque soy consciente de la existencia del movimiento feminista de la época, no lo soy de los detalles, de su desarrollo concreto, ni de sus protagonistas específicos y eso penaliza su pleno seguimiento.

Sin salir de HBO, sin conocer el detalle ni los nombres de los protagonistas involucrados en “Chernobyl”, ni sus roles específicos, es tal la maestría de su guion y la calidad de la narración, que no queda ningún cabo suelto en su desarrollo, ni sientes que debas pasarte una hora buscando información en google sobre la materia para aprovecharla plenamente. Igual que no es necesario saber de baloncesto ni conocer el curriculum exacto de Michael Jordan para disfrutar plenamente de “The last dance”. Esto no es así en “Mrs. America”.

La otra cuestión es que aunque el desarrollo de la trama y la evolución de personajes es correcta, con sus contradicciones y sus desafíos, los diálogos creo que carecen de la brillantez necesaria en una serie que es todo intercambio dialéctico. Es evidente que aquí no participa ni Aaron Sorkin ni nadie a ese nivel y hay momentos en que las palabras de los protagonistas deberían estremecernos y lo mas que hacen es interesarnos.

Además creo que la trama desaprovecha algunos potenciales momentos de contradicción interna, sobre todo de la protagonista, que no llegan a explosionar y que hubieran enriquecido la serie. Como por ejemplo, algunas de las actitudes de su marido, la homosexualidad de uno de sus hijos y su propio rol de liderazgo con un trabajo incansable, contradictorio con el rol deseable y pasivo de la mujer que ella misma defendía. Creo sinceramente que haber ahondado en esas contradicciones hubiera enriquecido la trama en general y el papel de Blanchett en particular.

Poco más, no creo que sea antológica, pero si interesante, y en cierto modo diría que rigurosa, ya que aunque podría haber resultado oportunista, nos muestra el movimiento feminista en un contexto histórico concreto y no busca conectarlo ni con Trump ni con el Me too, lo cual hace que no caiga en el panfleto, algo que sería muy tentador y que afortunadamente aquí se evita.