Mrs. America

Este año 2020, HBO ha estrenado una miniserie que a priori cuenta con dos grandes alicientes.

Por un lado, un nombre y apellidos, Cate Blanchett, su protagonista, cuya mera presencia en cualquier producción, y mas si es en una serie de televisión, medio donde apenas se ha prodigado, es un acontecimiento por el estatus que ostenta la actriz en este momento.

Por otro lado está el tema que trata, asentado sobre la verdadera historia del movimiento feminista norteamericano por ratificar la Enmienda de Igualdad de Derechos (ERA) en todos los Estados de EEUU y la oposición de una mujer, Phyllis Schafly (interpretada por Cate Blanchett) que lideró un grupo de mujeres en contra de esa ratificación.

La serie efectivamente ofrece lo que dice, el protagonismo de Cate Blanchett y una trama muy fidedigna e ilustrativa de los hechos. Pero habría que plantearse si ambas premisas están a la altura de las expectativas, y he de decir que aunque cuentan con mi aprobado, están alejadas del sobresaliente.

Empezando por el inicio, los títulos de crédito. Creo que son estos y su música lo que más me gusta y más tiempo me acompañará en mi recuerdo de la serie. Dinámicos, vistosos, y con un improbable acompañamiento musical que funciona muy bien, una estupenda versión moderna y rockera de la quinta sinfonía de Beethoven (y eso que normalmente no soy muy partidario de este tipo de mezclas).

Se que haciendo este halago, estoy empezando a enterrar algo del entusiasmo inicial que podría despertar la serie, ya que decir que lo mejor de esta son sus títulos de crédito, no parece muy entusiasmante. Realmente es cierto que me ha decepcionado un poco, sobre todo si la ponemos en línea a sus expectativas, pero aun así creo que es interesante, y el hecho de ser una serie cerrada de nueve episodios hace que no estemos gastando un tiempo excesivo en su visionado.

Por un lado está la cuestión Blanchett. Realmente no podemos decir que la actriz australiana esté mal, creo que interpreta con solvencia un personaje, pero que este, por su hieratismo y contención, tampoco permite un gran lucimiento. Al fin y al cabo se trata de ponerse en la piel de alguien nada emocional, sin apenas debate interior, con un autocontrol extremo y que intenta proyectar siempre la misma imagen recta de si misma.

Al mismo tiempo, siendo Blanchett la protagonista, no lleva totalmente el peso de la serie, hay un reparto coral con otras actrices que también destacan y que tienen sus momentos álgidos en la trama. Me gustan especialmente Rose Byrne, Sarah Paulson, Tracy Ullman y Margo Martindale, y como contrapunto masculino a un reparto casi pleno femenino, destacaría a John Slattery como marido de la protagonista.

Quizás donde tengo más dudas es en la trama en si, y en dos aspectos en concreto. Creo que los creadores de la serie cuentan con que exista una base de conocimiento de lo que ocurrió con la Enmienda, y una familiaridad con cada uno de los roles de los que protagonizaron esa cuestión. Esa presunción es errónea, no es un acontecimiento tan universal como para dar por hecho su conocimiento. Aun así, y en segundo lugar, una historia bien contada, aunque no sea previamente conocida por el espectador, debería quedar clara y diáfana si el guion y la estructura son buenos. Pero esto no ocurre, la serie da muchas cosas por sabidas, muchos personajes por ya conocidos y muchas situaciones por familiares, y en mi caso, aunque soy consciente de la existencia del movimiento feminista de la época, no lo soy de los detalles, de su desarrollo concreto, ni de sus protagonistas específicos y eso penaliza su pleno seguimiento.

Sin salir de HBO, sin conocer el detalle ni los nombres de los protagonistas involucrados en “Chernobyl”, ni sus roles específicos, es tal la maestría de su guion y la calidad de la narración, que no queda ningún cabo suelto en su desarrollo, ni sientes que debas pasarte una hora buscando información en google sobre la materia para aprovecharla plenamente. Igual que no es necesario saber de baloncesto ni conocer el curriculum exacto de Michael Jordan para disfrutar plenamente de “The last dance”. Esto no es así en “Mrs. America”.

La otra cuestión es que aunque el desarrollo de la trama y la evolución de personajes es correcta, con sus contradicciones y sus desafíos, los diálogos creo que carecen de la brillantez necesaria en una serie que es todo intercambio dialéctico. Es evidente que aquí no participa ni Aaron Sorkin ni nadie a ese nivel y hay momentos en que las palabras de los protagonistas deberían estremecernos y lo mas que hacen es interesarnos.

Además creo que la trama desaprovecha algunos potenciales momentos de contradicción interna, sobre todo de la protagonista, que no llegan a explosionar y que hubieran enriquecido la serie. Como por ejemplo, algunas de las actitudes de su marido, la homosexualidad de uno de sus hijos y su propio rol de liderazgo con un trabajo incansable, contradictorio con el rol deseable y pasivo de la mujer que ella misma defendía. Creo sinceramente que haber ahondado en esas contradicciones hubiera enriquecido la trama en general y el papel de Blanchett en particular.

Poco más, no creo que sea antológica, pero si interesante, y en cierto modo diría que rigurosa, ya que aunque podría haber resultado oportunista, nos muestra el movimiento feminista en un contexto histórico concreto y no busca conectarlo ni con Trump ni con el Me too, lo cual hace que no caiga en el panfleto, algo que sería muy tentador y que afortunadamente aquí se evita.

La conjura contra América

HBO ha estrenado una de las series que en principio más alicientes tenía para estar entre las mejores del 2020.

Nos encontramos ante un poderoso argumento, basado en uno de los más reconocidos libros de Philip Roth, que abordaba en su trama una historia alternativa de los EEUU durante la II Guerra Mundial. A través de los ojos de una familia judía, asistimos a la ascensión del aviador Charles Lindberg como presidente del país frente a Roosevelt, con una política que lleva a su país a aliarse con la Alemania nazi.

Añadido a esto, además se trata de una serie de David Simon, lo que de por si, ya es el anuncio de todo un acontecimiento televisivo al tratarse del creador de series como las magistrales “The Wire” y “Show me a hero”.

Todo esto parecía un cocktail perfecto para prepararse a disfrutar de una gran serie, pero lamentablemente, nada más lejos de la realidad.

“La conjura contra América” fue el primer libro de Philip Roth que leí, y lo hice con ganas, pues al prestigio del autor se unía una historia atractiva, una ucronía interesante, que resultaba poderosa. Reconozco que el libro me interesó, pero estuvo lejos de apasionarme. Hablamos del año 2005.

A este equipaje literario, hay que sumar que pasados los años nos encontramos en la edad dorada de las series televisivas , uno de cuyos mitos es David Simon, y aunque uno de los efectos de las florecientes ficciones televisivas es cierta saturación en las cuestiones relativas a la reescritura de la historia, mucho más de moda ahora que hace 15 años, la combinación del argumento y el talento fabulador de Philip Roth, con la genialidad y fuerza de las ficciones de David Simon, hacían mas que apetecible ver la serie, con una trama que además parecía perfectamente adaptable al medio televisivo.

Dicho lo cual, aunque se reconoce la historia, aunque hay una buena producción detrás y un cuidado en los detalles, al resultado final de la obra le falta todo lo que ha caracterizado a la carrera de Simon, fuerza, garra, apasionamiento y unos personajes poderosos. Se trata de una serie rutinaria, convencional, muy plana y sin momentos álgidos, que “notarialmente” pasa revista a unos hechos, sin transmitir emoción ni tensión alguna por los mismos.

Sabemos que las creaciones de David Simon son de cocción lenta, no suele haber de inicio gran pirotecnia, la historia se va asentando, los personajes van entrando, se van relacionando entre ellos, y poco a poco la trama va envolviendo a un espectador, que finalmente queda atrapado por el desarrollo de la misma y la evolución de quienes la protagonizan. La cuestión aquí es que la serie cuece, y no deja de cocer, y al cocinero Simon da la impresión de que se la ha olvidado servirnos el guiso y al final la serie acaba y el espectador descubre que se ha quedado con hambre.

Una historia que debería acongojar al espectador al mostrar como la confortabilidad de una sociedad y sus seguridades, se ven truncadas por un giro histórico concreto que convierte en apestados a ciudadanos decentes, llevando al límite a la familia que nos hace de correa de transmisión de lo que está pasando. Pero los cambios de actitud, la transformación del carácter y relaciones de los personajes no sirven para hacernos sentir ni la gravedad, ni la angustia de la situación por la que pasan. Todo es en exceso aséptico, todo parece algo edulcorado.

Reconozco eso sí, que si una de las pretensiones es lanzar un debate o mostrarnos una señal de alarma, no es mal momento para hacerlo. Ciertamente son muchas las lecturas comparativas que se pueden hacer con parte de la retórica de Donald Trump. en este sentido la serie ilustra sobre lo que puede pasar cuando la ciudadanía se duerme y relativiza actitudes que ponen en riesgo los valores esenciales de una sociedad democrática. Sin embargo estas buenas intenciones, y que yo esté básicamente de acuerdo con las mismas, no hacen por si solas que la serie esté a la altura de su mensaje, lamentablemente no es así.

Tampoco ayudan a esa forma que he llamado “notarial” y desapasionada de mostrar unos hechos, unos actores que francamente no están a la altura de sus personajes. Todos están mal, impostados, huecos, no transmiten. Solo en algunos momentos concretos Zoe Kazan y John Turturro (la ambivalencia personal y moral de su personaje es casi lo que más me interesa de la serie), mantienen cierta tensión dramática y elevan la trama en determinadas momentos.

Al final le historia deambula entre acontecimientos históricos y sus repercusiones familiares, para casi sin darnos cuenta, llegar a un final, que de repente aparece sin más, casi de improviso, deshaciendo el nudo de tan inquietante situación como por arte de magia y con un montón de incógnitas abiertas sobre lo sucedido.

Una historia estimable que más allá de su planteamiento básico no aporta nada a la ficción televisiva en general ni a las creaciones de David Simon en particular. Una oportunidad perdida.

La unidad

Movistar nos presenta otra de sus grandes apuestas en series para este año, “La unidad”, que al igual que “La línea invisible” sitúa el foco de atención en el terrorismo, aunque desde parámetros y facturas totalmente diferentes.

“La unidad” es una miniserie de 6 episodios que nos sumerge en el trabajo de un grupo específico de la policía nacional, especializado en el terrorismo yihadista, que tiene que desarticular a contrarreloj una cédula que quiere atentar en nuestro país. A lo trepidante de la trama policial central, se unen otros aspectos como las relaciones personales entre los compañeros, con alguna derivada personal de los mismos y las recurrentes conexiones con un poder político siempre oportunista.

En resumen, nada especialmente novedoso desde el punto de vista argumental, aunque sí desde la perspectiva de tratarse de una producción nacional con unos medios y una producción de la que es difícil encontrar precedentes. Su factura está a la altura de cualquier gran ficción internacional.

No obstante hay dos serios problemas de partida. Por un lado, se trata de una historia recurrente que hemos visto muchas veces, como es la de un grupo de policías tratando de parar a unos malos que van a realizar una fechoría. Y por otro lado, falta el elemento diferenciador que aporte valor añadido respecto a otras tramas como esta, como sí hace “La línea invisible” que tiene una mirada propia y distinta.

En cualquier caso, y aun viendo venir esto desde el principio, me embarco en una serie que con estos mimbres al menos podría ofrecer buenas dosis de entretenimiento y emoción al espectador. Pero tampoco lo consigue. La serie tiene algunas luces, pero las sombras acaban lastrando su desarrollo.

En sus aciertos está un envoltorio elegante y sofisticado (quizás demasiado), una muy buena interpretación de su protagonista principal, Nathalie Poza, la peculiar presencia y estilo interpretativo de Luis Zahera (creo que aquí algo desaprovechado) y el interesante rol de los dos infiltrados que aparecen en diferentes momentos de la serie.

Pero lejos de esto, y aunque mantiene un decoroso nivel que permite que se deje ver, es evidente que la serie no tiene detrás a alguien con talento y tensión narrativa suficientes. Hay una falta de pulso y emoción en la narración que provoca la misma sensación que la comida rápida, fácil de engullir pero se olvida rápido.

Además la serie tiene algún momento de cierta confusión donde no se sigue bien algunas de las subtramas concretas, sobre todo de los malos, y lo que es su mayor delito, desaprovecha lo que deberían ser sus puntos álgidos. Habiendo resaltado como interesante la cuestión de los infiltrados en la serie, si bien el primero, el policía infiltrado, tiene cierto ensamblaje narrativo, el de la mujer al final, aun mas interesante, incomprensiblemente no queda bien resuelto.

Mayor delito aun es que una serie que va dirigida a un climax concreto, no lo alcance a su término. El momento final de la serie no está a la altura de la espectacularidad y emoción requeridas. Bien resuelta está en mitad de la serie la secuencia de persecución y captura en un centro comercial y mejor aun los apenas 15 segundos de un atentado en el centro de Madrid que aparece de improviso, con una furgoneta llevándose gente por delante. Pero parece un verso suelto, un inciso, que no esperas y que no da una vuelta de tuerca suficiente dentro de una trama que va por otros derroteros. Una pena porque quizás se debería haberse dirigido hacia allí el climax argumental.

Luego, las derivadas personales no tienen más entidad propia que llenar huecos. Hay un matrimonio que se separa, una enfermedad por medio que pareciera pretender explicarlo, momentos de relación y complicidad entre compañeros que luego no se desarrollan,…en resumen, poco trabajado. Por último y por redondear el tópico, la intervención de la política, siempre para entorpecer a los profesionales, aquí se presenta groseramente y sin matices, y tampoco llega a asustar en exceso y a poner demasiado en peligro las cosas, con un señor misterioso del CNI por medio, que en un momento dado lo puede apañar todo. Por resumir, un batiburrillo de personajes y roles para dar algo de soporte a la trama central, pero que realmente por si solos no interesan demasiado.

Todo esto hace que al final, tan suntuoso envoltorio y despliegue de medios, no contenga en su interior las dosis de talento y originalidad necesarias para conseguir lo fundamental, la emoción del espectador, capaz aquí de admirar una robusta puesta en escena, pero también de percibir que la misma está llena de huecos en su interior. Quizás sería más interesante que la ficción nacional deambulara por rutas y formas alternativas de contar historias, porque las series norteamericanas ya están llenas de ejercicios pirotécnicos y medios infinitos, y si jugamos en esa liga y no aportamos ninguna singularidad más que cambiar los muelles de Puerto de Nueva York por los de Vigo, ahí no tenemos nada que hacer, y ya puestos antes me quedo con los originales anglosajones.

The last dance. El último baile. La última cena.

Idolatrar, adorar, reconocer a alguien capacidades sobrenaturales, han sido durante miles de años actitudes dirigidas a los dioses. Pero en la sociedad moderna ya hace tiempo que estas imágenes no se identifican con deidades pretéritas. Existe un afán por buscar referentes, ídolos o seres especiales que encarnen algún aspecto inalcanzable para el resto de los mortales, y es en la actualidad el deporte, el hacedor contemporáneo de estos dioses y mitos.

Si convenimos que el deporte es la gran religión contemporánea, podemos considerar a Michael Jordan como el que con mas fuerza dominó ese Olimpo. A sus excepcionales cualidades como atleta, sumaba un rol de liderazgo incomparable, una estética y belleza nunca vistas y un carisma realmente únicos que nos lleva a considerarle con justicia, el mejor deportista de todos los tiempos.

Netflix nos acaba de ofrecer la más profunda aproximación audiovisual y biográfica del personaje y los resultados y la polémica que ha generado su emisión, están a la altura de esta figura tan superlativa y llena de excesos.

El documental de 10 episodios acierta en una estructura que toma como eje la temporada del último campeonato de los Chicago Bulls, la 1997-98, y sobre el desarrollo de la misma, va dando saltos al pasado glosando la vida de Michael Jordan, complementada con un acercamiento más específico para sus mejores escuderos.

El documental se llama “The last dance” (“El último baile”) una frase que acuñó el entrenador Phil Jackson para definir esa temporada, y que nos muestra con un nivel de acceso nunca visto, el episodio final del Dios del deporte rodeado de sus apóstoles, todos unidos en el desafío de lograr una última victoria y que ahora, muchos años después, ayudan a transmitir a las actuales generaciones la envergadura de lo que lograron. Un grupo variopinto que escoltó al líder en su gloria, y que ellos mismos también alcanzaron.

Como toda deidad, a lo largo del documental se glosan algunos de sus milagros, que tienen su mito fundacional en los 63 puntos que anotó en los playoffs de la temporada 1985/86 a los Celtics de Larry Bird, primer seguidor de la religión del 23 de los Bulls, al declarar que “Dios se ha disfrazado de Michael Jordan”.

A partir de ahí vimos como Jordan en una versión moderna del milagro de los panes y los peces multiplicó los beneficios de la NBA y la convirtió en la mayor marca planetaria. También asistimos a su constante desafío a las leyes de la gravedad en unas acciones donde cuando todos los defensores caían él aun se seguía elevando. O como tras retirarse y sufrir la muerte violenta de su padre, Jordan volvió y ganó 3 anillos mas siendo el mejor. Sin olvidar una intoxicación en mitad de los playoffs que hubiera dejado en cama varios días a cualquiera, y a la que respondió anotando 38 puntos en el quinto partido de las finales contra los Jazz en una especie de reencarnación de El Cid.

En un acto de magnanimidad, este Dios del deporte ha dado algo de protagonismo a sus más privilegiados escuderos. Resaltan dos en especial. Pippen, tipo discreto con aspecto de tótem indio, es su lugarteniente mas importante. Increíblemente mal pagado y con alguna duda puntual sobre su carácter, es el que más espacio ocupa de sus compañeros. El otro Dennis Rodman, jugador encargado de la intendencia, pero cuya aureola se incrementa por una conducta personal incalificable, se erige en protagonista de alguno de los mejores y mas surrealistas momentos del documental.

También se da un espacio a Toni Kukoc (es interesante ver la inquina con la que arremetieron contra él en los JJOO de Barcelona) y Steve Kerr, un ejemplo de actitud personal y profesionalidad que supo estar a la altura cuando se le requirió cogiendo el relevo de John Paxson, y que hoy entrena al equipo que quizás más pueda recordar a esos Bulls, como son los actuales Golden State Warriors.

Hay que advertir que el documental está producido por Jordan y él asume un protagonismo absoluto y sin duda un claro sesgo a su favor. Pero si soy sincero, esto no me importa demasiado, ya que como en cualquier ferviente seguidor de una religión, mi fe en él es inquebrantable desde la adolescencia, y no creo que casi nada pudiera truncarla. No obstante interesa ver como ha sido magnánimo en su superioridad y nos ha mostrado algunos de sus defectos. La crueldad con la que se comportaba con alguno de sus compañeros, su afición por apostar, y su actual figura rapachingada y con un vaso de whisky en la mano, que desmerecen un tanto el recuerdo de su época dorada, son algunos ejemplos. Da la impresión de que quiere hacernos ver que no es perfecto, y que como Jesucristo, él también dudó y a veces fue tentado por el diablo, pero lejos de arrepentirse, Jordan defiende desafiante cualquier actitud por discutible que sea escudándose en su necesidad por la singularidad de la posición que ocupaba y la terrible presión y exigencia que él mismo se autoinfligía y que hacían de él un mártir. Por tanto, desde esta mentalidad, que menos que el resto aguantasen algo de su calvario y sufriesen algunos latigazos por el camino a la gloria por el que los llevaba.

Ahondando en esa humanización del líder, resulta estremecedor, y uno de los mayores hallazgos del documental, la celebración del primer anillo que ganó tras el asesinato de su padre (fue su cuarto campeonato). Para un mayor simbolismo este triunfo se produjo el día del padre y ahí vemos a Jordan, quizás por única vez, desnudando sus sentimientos y mostrando toda su vulnerabilidad llorando desconsoladamente en el suelo del vestuario.

Pero como todo drama, hay algún poder oscuro que se resiste a su fuerza. Tenemos un Judas, Horace Grant, que supuéstamente traiciona las intimidades del vestuario y filtra las actitudes tiránicas del jefe. También está Isiah Thomas, un malo que no reconoce la divinidad de Jordan ni siquiera cuando le derrota, o incluro Reggie Miller que pretende mirarle de tú a tú y desafiarle.

Sin embargo, más allá de los rivales puntuales, si que hubo una fuerza que como la criptonita fue capaz de acabar con los poderes mágicos de Jordan y que tiene un lugar destacado en el documental. Son el propietario de la franquicia Jerry Reinsdorf que con personalidad asume y defiende su versión de los hechos y Jerry Krause, el General Manager de los Bulls, artífice de los fichajes del equipo y de la elección como entrenador de un desconocido Phil Jackson.

Jerry Krause es el malo de la historia, pero un malo que no se puede defender ya que falleció hace 3 años. Es el contrapunto al brillante elenco de jugadores de los que técnicamente era jefe pero cuyo divismo hizo que algunos como Jordan y Pippen llegaran a humillarle, insultarle y burlarse de él, como ellos mismos reconocen, en la última etapa. Un contrapunto que en pantalla se acrecienta ya que frente al porte apolíneo de Jordan, Krause se nos aparece como un tipo gordo, bajito y feo que dio carpetazo al sueño de millones de aficionados y al que solo con la perspectiva de los años y su fallecimiento, parecen reconocerle su participación clave en los éxitos del equipo.

Mucho más se podría hablar. Son innumerables las anécdotas, los duelos contra equipos y jugadores, la incansable presión de gente y medios que convierten a Jordan en un ser poco accesible incluso para sus compañeros, la búsqueda enfermiza de la motivación, su vida personal, el asesinato de su padre, etc. Todo un deleite para cualquiera, aunque no sea aficionado al baloncesto, pero directamente extasiante para un amante de ese deporte como yo, que viví mi adolescencia y juventud disfrutando, trasnochando y emocionándome con las gestas de Jordan sobre la cancha y la banda sonora de los comentarios de Andrés Montes y Antoni Daimiel de fondo.

“Tus pasos en la escalera” de Antonio Muñoz Molina

Sostiene Muñoz Molina que durante buena parte de la escritura de su novela, él no sabía lo que iba a pasar en ella.

Sostiene Muñoz Molina que solo una frase, la primera del libro, “Me he instalado en esta ciudad para esperar en ella el fin del mundo”, y su cotidianidad lisboeta fueron los únicos asideros a los que se agarró cuando empezó a escribir una historia que no sabía donde le iba a llevar.

Sostiene Muñoz Molina que no todos valemos para todo, y así es, yo siempre quise ser escritor, pero la lectura de una novela como esta y la forma de escribirla desasosiegan a quienes intentamos crear algo y apenas llegamos a casi nada, tristemente mis dedos no alcanzan a rozar esta forma de escribir

“La belleza es un efecto óptico”

“Tus pasos en la escalera” es una novela protagonizada por un hombre, dos ciudades y un fantasma. El hombre, una persona ya desligada de obligaciones laborales y personales, cuya existencia es la espera. Lisboa que ocupa su paisaje presente, Nueva York su pasado más intenso y Cecilia que no está pero está, cuya presencia y a la vez ausencia, impregna todo en forma de recuerdos y planes de futuro.

“Me besó con la boca muy abierta diciéndome que no cerrara los ojos. Con tanto silencio se me había olvidado que nuestros cuerpos han sido siempre más sabios que nosotros”

Estamos ante un relato íntimo, desconcertante a veces, con un punto de ensoñación, difícil de aprehender del todo por parte del lector, en mi caso aquí mas interesado por las sensaciones de confortabilidad que nos refleja, que por una trama de desenlace definido.

Me encanta el tono que emplea y el contexto que describe, que son un escenario y una cotidianidad en la que me gustaría habitar y donde me sentiría cómodo. Tras la vigorosa y trepidante Nueva York, y con una vida ya superada en lo que a obligaciones se refiere, nada parece más apropiado que asentarse en esa otra cara del Atlántico, ese reverso del océano que es Lisboa y a sentirla con mimo, dar paseos y disfrutar de la vida sin más. Ya solo queda en el recuerdo y la reflexión íntima, un mundo convulso que desde el 11 de septiembre hasta hoy, no ha dejado de sorprendernos y aterrarnos, pero que el protagonista va percibiéndolo ya como un espectador lejano, que dejó de actuar y que ahora se dedica a esperar.

“Los europeos votarán cada vez más a partidos racistas y preferirán la demagogia de la seguridad y las fronteras al espejismo de la democracia” (Beevor)

Hay un quinto personaje, Alexis, que sirve de nexo entre una vida despreocupada y la espera, con la resolución de esas cuestiones prácticas sin las cuales uno no puede llevar a cabo sus proyectos y anhelos. Ese clavo real al que agarrarse y que incluso la ensoñación necesita para poder desarrollarse.

Es con Alexis, con los paseos por Lisboa, con la preparación de la casa, el desayuno y las rutinas del protagonista, donde más cómodo me siento. Luego hay un momento en el inicio de la parte final, mas inaprensible con el que no conecto tanto, ya que esa confortabilidad de la espera y el día a día se pone en peligro y mi yo lector se resiste a ser zarandeado por una historia que no quiero que me sobresalte ni me se complique en exceso con eso que llaman suspense psicológico.

Pero mi yo se al mismo tiempo que el conflicto es necesario y la resolución de una historia necesita avanzar con esta gasolina, y es ahí donde el desasosiego crece, las brumas aparecen, la memoria se diluye y las dudas abrazan un relato que a veces se me escapa, pero que enseguida recupero.

El final es la que debe ser, es congruente en tono y sensibilidad con lo que el autor nos ha ido contando, resolviendo lo que quizás ya no es resoluble y trasladándonos una inquietud y una duda, ya que quien solo se alimenta de memoria, no puede mostrarnos ni pretender llevarnos con ella a esa superficie estable y sólida que es la realidad, porque quizás, a partir de un determinado momento esta ya no exista y el miedo nos impide buscarla.

Manifiesto

Los que aquí aterricéis encontrareis una página de crítica razonada e intenciones didácticas sobre todo tipo de manifestaciones artísticas, centrándome especialmente en el cine, todo tipo de cine (clásico o contemporáneo, europeo o norteamericano) en las series contemporáneas y en la literatura.

Me comprometo a elegir con rigor, a buscar lo interesante y a ser sincero en mis conclusiones.

Ojalá pueda interesaros.